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Ser o no ser: la gran decisión de Pablo Iglesias

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El día 21 de diciembre, hacia las 10 de la noche, deberíamos conocer los resultados de las elecciones autonómicas en Cataluña. Según todos los pronósticos, ganará ERC con Oriol Junqueras a la cabeza.

El exvicepresident, hoy en prisión, podría ser automáticamente president de la Generalitat si la suma de sus escaños más los del PDeCAT y los de la CUP llega a los 68 de la mayoría absoluta (hoy los tres tienen 72). De ser así, nadie podría discutir que el independentismo habría sido electoralmente legitimado en Cataluña para poder mantener su desafío al Estado. El lío político sería monumental, porque los procesos judiciales contra sus líderes seguirían su curso y podríamos encontrarnos con gobernantes políticamente (re)legitimados pero judicialmente cuestionados. Las encuestas realizadas tras la convocatoria de elecciones dicen que el independentismo está justo ahí: a un puñado de votos, de más o de menos, para tener esa mayoría de escaños que le permita gobernar.
Si, por el contrario, fueran Ciudadanos, el PSC y el PP quienes sumaran los 68 escaños, entonces sería Inés Arrimadas la próxima presidenta catalana. Tampoco habría discusión en ese caso. El unionismo estaría legitimado para detener en seco el proceso. Pero la probabilidad de una mayoría absoluta constitucionalista es mucho menor que la de una mayoría absoluta independentista, según esos mismos sondeos. Ninguno de ellos detecta por ahora un subidón de los votos a cualquiera de los tres partidos que otorgue al bloque una subida de 16 escaños. Mucha espiral de silencio o de voto oculto tiene que haber para que la mayoría social contra la independencia logre una representación parlamentaria suficiente.

Una opción que parece muy probable es que el independentismo quede a pocos escaños de los deseados 68 y que pase a ser decisiva entonces la decena que obtenga la candidatura de Podemos (la coalición En Comú Podem–Catalunya en Comú, acordada el martes). Pablo Iglesias, Ada Colau y Xavier Domenech –no sé en qué grado de sintonía ni con qué fuerza cada uno de ellos– tendrían que tomar una de las decisiones más importantes de su vida política: permitir que gobierne el independentismo, o dar paso al bloque del “régimen del 78”, el “bloque monárquico” o “la extrema derecha”, lo llamen como la llamen. La decisión para Iglesias tiene una importancia crucial, porque él, a diferencia de sus aliados, tiene como aspiración el Gobierno de España, y todo indica que de mantener esa posición ambigua, condescendiente con los secesionistas, perderá apoyos del electorado español a espuertas.

Conociendo a sus jefes como ya se les conoce, yo creo que lo que harán los “comunes” será poner como condición para su apoyo a Junqueras –o a Arrimadas, que no podrá aceptarlo– el compromiso de trabajar por un referéndum acordado con el Estado, a la escocesa o la quebequense. Se trata de una opción hoy lejana después de la bravuconada del procés, pero que no se ve mal, en las circunstancias adecuadas, ni en Cataluña ni en España ni en Europa. Lamentablemente para Podemos y para Iglesias, Junqueras aceptaría el inicio de esas negociaciones, pero es improbable que el Gobierno del PP las aceptara a corto plazo.

Iglesias podría entonces inaugurar su posicionamiento en España como el líder conciliador y razonable en la solución democrática y pacífica del principal problema político de España… O también podría quedar, sencillamente, como el inconsciente que permitió que los independentistas catalanes mantuvieran la loca huida hacia adelante que ha sumido al país en la peor crisis política de su historia reciente. Esto último tendría para él un coste inasumible en votos. No lo tiene fácil Iglesias, no.



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