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Ni tres, ni una, 45 circunscripciones, por @JJoveSan miembro del @ClubdeViernes



@JJoveSan.- Recientemente se ha vuelto a poner encima de la mesa la propuesta de reforma electoral autonómica y hay quien tiene la intención suprimir las circunscripciones de las “Alas” y refundirlas en una sola con la Central. Es cierto que el caso de Asturias constituye una anomalía, ya que es la única comunidad autónoma uniprovincial que cuenta con más de una circunscripción electoral. Hasta hace poco, dicha excepcionalidad era compartida con Murcia, la cual estuvo dividida en cinco circunscripciones hasta julio 2015, cuando se aprobó una reforma de la ley electoral autonómica y las agruparon en una sola. De este modo, todas las autonomías uniprovinciales (Cantabria, La Rioja, Navarra, Baleares, Madrid y ahora también Murcia) salvo Asturias, tienen una sola circunscripción electoral. Pero el hecho de que la existencia de más de una circunscripción dentro de una provincia sea una anomalía, no quiere decir que dicha alternativa no sea mejor que la mayoritaria.



Lo cierto es que sistemas electorales hay tantos como uno quiera y cada cual –más bien cada partido- arrima el ascua a su sardina. Quienes defienden la permanencia de las tres circunscripciones no lo hacen porque piensen que el modelo es más equitativo, sino porque el mismo les favorece. Del mismo modo, quienes defienden la reagrupación de las “Alas” con la circunscripción Central, tampoco lo hacen porque consideren que es un sistema más justo, sino porque la división de Asturias en tres circunscripciones les perjudica.

Quienes defienden la existencia de las tres circunscripciones tratan de justificar su postura atendiendo a la debida representación de los distintos territorios y peculiaridades zonales de Asturias, como si los territorios tuvieran derechos. Un discurso identitario peligroso que nos trae tristes recuerdos. Quienes, por el contrario, defienden la existencia de una sola circunscripción lo hacen alegando que al haber más de una se rompe la premisa de “una persona, un voto”, al no requerirse el mismo número de votos para la obtención de un diputado en las distintas circunscripciones. Como ven, unos y otros esgrimen sus motivos y todos pueden gozar de cierta razonabilidad. Pero lo cierto es que detrás de la defensa de un modelo u otro, no hay nada más que el propio interés partidista. Ninguno de ellos defiende su sistema basado en la honestidad intelectual, sino en la conveniencia electoral.

La democracia es básicamente representación, es la toma de decisiones que afectan a la comunidad política en base al principio de delegación, dadas las insalvables objeciones prácticas, técnicas, de dedicación y de conocimiento que exigiría una democracia directa. Y ahí radica la esencia de la democracia representativa, de la democracia parlamentaria, en el establecimiento de un modelo de presentación que articule una relación estrecha entre el representante y el representado. Un modelo de representación que hoy es imposible ante la sustitución de la democracia representativa por la democracia partitocrática, en donde el sistema de listas cerradas y control del aparato anulan cualquier atisbo de genuina representatividad.

Pero hay un modelo muy sencillo para realmente avanzar en la representación política y en estrechar los vínculos entre el votante y el representante, basta con establecer tantas circunscripciones como diputados en juego. En el caso de Asturias 45: 45 diputados, 45 circunscripciones. De esta manera tendríamos una circunscripción por cada 22.000 electores. En Oviedo y en Gijón habría 10 o 12 circunscripciones, casi una por cada código postal. De esta manera todas las comarcas y muchos concejos o agrupaciones de concejos tendrían su diputado y todos los votos valdrían igual porque todas las circunscripciones tendrían prácticamente el mismo número de electores (con pequeñas e inapreciables oscilaciones). Este sistema electoral no sólo acerca la democracia al elector y lo fija a la circunscripción, sino que además rompe el monopolio de los partidos políticos y acaba con el sistema de listas cerradas. Cualquier persona, sin necesidad de un gran aparato de partido detrás, podría presentarse tranquilamente a unas elecciones en su distrito, en su circunscripción. Sin rendir pleitesías, ni prestar obediencia debida al barón autonómico de turno. Un sistema que dinamita la partitocracia y que realmente empodera al ciudadano, que no piensa en el interés electoral de tal o cual partido, sino que abre la participación política y la posibilidad de ser diputado regional a cualquier persona que goce del aprecio y del respeto de sus vecinos. Esta es la verdadera reforma electoral que necesita Asturias –y España- pero es precisamente la que ningún partido político llevará jamás en su programa electoral. Este modelo tiene un nombre: “diputado de distrito”.

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