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Las colosales mentiras de Puigdemont en su discurso televisivo, desmontadas una a una



Su discurso ha sido un monumento a la demagogia y al cinismo, en un grado que provoca verdadera indignación. Os ofrezco aquí el discurso traducido al español, sobre el original en catalánpublicado en la web de Puigdemont, insertando comentarios míos a las mentiras que ha soltado esta noche este individuo:
Estimados y estimadas compatriotas,
 
Venimos de unos días especialmente intensos, cargados de emociones y de vivencias que nos quedarán grabadas en la memoria. Una vez más, el pueblo de Cataluña demostró ayer que está unido, que es un solo pueblo, que cierra filas en la defensa de los valores de la democracia, y lo hizo de la manera como siempre hacemos y queremos hacer las cosas: con civismo y en paz. Hubo imágenes muy simbólicas que ayudan a entender esta idea de fraternidad y transversalidad con que Cataluña afronta sus retos nacionales: personas con banderas de España y banderas estrelladas compartiendo agermanadament una misma causa. El rechazo a la violencia, el rechazo a las cargas injustificables de las fuerzas policiales contra población civil pacíficamente concentrada y la defensa de los derechos civiles que nos son elementales.
Primera tanda de mentiras. Si algo ha conseguido Puigdemont es incendiar la convivencia en Cataluña. Y lo ha hecho quebrantando el marco constitucional que los propios catalanes, junto al resto de los españoles, se dieron en un referéndum legal, democrático y con todas las garantías, no como el pucherazo bananero montado por los separatistas el domingo. Y no, el separatismo no es pacífico: destrozar vehículos de la Guardia Civil, acosar y agredir a agentes, coaccionar a los no nacionalistas e impedir por la fuerza la aplicación de la ley y de las sentencias judiciales es violencia, no paz. El rechazo de Puigdemont a la violencia es tan poco creíble como sus apelaciones a la democracia o como los resultados de su referéndum ilegal: en 71 municipios ha habido más votos a favor de la independencia que personas censadas, ya que cualquiera podía votar varias veces.
En este sentido quisiera poner en mucho valor la actitud de los cientos de miles de catalanes y catalanas que ayer os movilizasteis en una huelga sin precedentes en nuestro país. Lo hicisteis sin incidentes, superando miedos y amenazas y, sobre todo, siendo fieles a la actitud pacífica con la que queremos expresar siempre.
Nueva tanda de mentiras. Cortar carreteras con barricadas a impedir la libre circulación de vehículos, usar a policías autonómicos como piqueteros para forzar el cierre de supermercadoscercar las sedes de la oposición en actos de acoso puramente totalitarios, bloquear el acceso a supermercados ante la pasividad de los Mozos de Escuadra y amenazar de muerte a periodistasno son actitudes pacíficas: es lo propio de una banda de fascistas.
Por eso nos hemos de sentir fuertes si estamos unidos y nos mantenemos en esta actitud. Para más violencia que quieran poner algunos, lo que no es aceptable en ninguna parte y que ha sido rebatido por mucha gente y recibido con mucha preocupación en Europa, nosotros nos tenemos que mantener como un solo pueblo. Con diferencias, con discrepancias, con errores y, a veces, porque también nos lo tenemos que decir, con grandes aciertos. No dejemos que nos lo derrochen quienes, por impotencia, por miedo o por cobardía, nos querrían de otro modo. No sabéis la admiración que como pueblo estamos recogiendo todo el mundo por esta actitud tan cívica y tan comprometida.
¿Con qué cara apela a la fortaleza de la unidad un individuo que quiere romper la unidad de España? Por otra parte, hace falta tener la cara de cemento armado para presumir de “actitud cívica” después de los hechos que ya he señalado. ¿Para Puigdemont lo “cívico” es acosar, coaccionar, amenazar y agredir al que no opina como él?
Por desgracia no todo el mundo querría que las cosas nos fueran bien. Hay quien pretende presentar la reivindicación catalana como algo ilegítima, ilegal y criminal. Hay quien piensa que perseguir urnas, papeletas y votantes es una exigencia inexcusable del estado de derecho, y que todo vale para impedir que un pueblo pueda expresarse y pueda decidir. Estemos todos muy tranquilos y serenos, y sobre todo muy reconfortados: lo que hemos hecho, lo que estamos haciendo y lo que haremos es lo que otros pueblos ya han hecho y otros pueblos harán en el futuro. Seguimos un camino democráticamente marcado por la voluntad de los ciudadanos, y esto en lugar de ser combatido debería empezar a ser comprendido y ser respetado.
Típico victimismo barato y plagado de mentiras. Para empezar, no existe tal “reivindicación catalana”, porque no todos los catalanes son separatistas. Hay muchos que no lo son, como estamos comprobando estos días. En cuanto a la apelación a la tranquilidad y a la serenidad, hace falta tener cara pedir eso mientras se dedica a incendiar la convivencia, usando al separatismo más violento como brigada de choque para acosar a los agentes del orden. Por otra parte, la democracia implica el respeto por la ley. Un referéndum ilegal y fraudulento no es expresión de voluntad popular, sino un intento de tergiversarla con trampas y mentiras, secuestrando de facto a todos los ciudadanos que no están dispuestos a sumarse a ese ataque a la Constitución. Un golpe de Estado como éste no merece ningún respeto, sino todo el rechazo de los demócratas.
Por eso quiero dirigirme a los ciudadanos españoles que en estos días han expresado su compromiso con las demandas de los catalanes; ciudadanos que nos han enviado su amistad y su solidaridad muy valiosa en los momentos que estamos viviendo. Seguramente las autoridades españolas deberían explicar mejor lo que ocurre en Cataluña, con visiones más ponderadas que ayudaran a entender un problema político que sabemos que es complejo. Sin embargo, agradezco el esfuerzo que nos consta directamente de mucha gente para acompañar al pueblo catalán en sus reivindicaciones. Somos un solo pueblo, que ama las lenguas que habla, que no tiene ningún problema con las identidades, las nacionalidades y las culturas, que quiere continuar contribuyendo al desarrollo del Estado español y que jamás va a prescindir de la enorme riqueza que representa la pluralidad.
Puigdemont insiste en referirse a los separatistas como si ellos fuesen los únicos catalanes, como si los que no opinan como él fuesen extranjeros en su propia tierra y no tuviesen derecho siquiera a llamarse catalanes. Es una actitud excluyente propia de alguien que no acepta la pluralidad de opiniones propia de toda sociedad democrática. En algo sí que estoy de acuerdo: el Gobierno de España debería contar con pelos y señales lo que pasa en Cataluña, pero no las mentiras que dice Puigdemont, sino la verdad: contar como se violan los derechos de millones de catalanes hispanohablantes a escolarizar a sus hijos en su lengua materna e incluso a rotular sus comercios en español; el adoctrinamiento nacionalista obligatorio en las escuelas, algo propio de una dictadura; y la coacción y el acoso contra los que no piensan como los separatistas, una actitud totalitaria que está dejando escenas espeluznantes estos últimos días. Y ya puestos a hablar de lengua, ¿con qué cara dice Puigdemont que ama las lenguas que habla su pueblo, cuando la más usada por los catalanes, que es el español, se sometida a una exclusión sistemática y antidemocrática por parte de la Generalidad?
Somos, en efecto, una sociedad enormemente cohesionada en la diversidad. Por eso el mensaje que el jefe del Estado quiso dirigir a una parte de la población no lo podemos compartir ni aceptar. El rey hace suyo el discurso y las políticas del gobierno Rajoy que han sido catastróficas en relación con Cataluña, e ignora deliberadamente los millones de catalanes que no pensamos como ellos. Ignorar deliberadamente a los catalanes que han sido víctimas de una violencia policial que ha helado el corazón a medio mundo. El rey perdió ayer una oportunidad de dirigirse a todos los ciudadanos a los que debe la corona, ya los que debe el respeto porque así le encomienda la Constitución. Una Constitución que le otorga un papel moderador que en ningún caso ha tenido, y que ayer declinó con dureza. Tampoco ha tenido interés en conocer la opinión y la visión del Gobierno de la Generalitat en ningún momento de esta crisis, y ha aceptado asumir un rol inadecuado que sólo busca allanar las decisiones que el Gobierno español hace tiempo que estudia para liquidar las aspiraciones de soberanía del pueblo catalán. Unas aspiraciones que no duda en tratar como criminales e ilegítimas, y contra las que usa recursos sin límite.
Este párrafo es el colmo de la mentira. Para empezar, este individuo apela a una sociedad diversa, mientras en las escuelas impone el monolingüismo en catalán y el adoctrinamiento nacionalista, un atentado directo contra el pluralismo ideológico. También miente al identificar la defensa de la Constitución que hizo el Rey como algo exclusivo del gobierno de Rajoy, como si el gobierno fuese el único que defiende la Constitución y la unidad de España. Si algo es lamentable, desde luego, es ver que Puigdemont demuestra más sintonía con tipos como Arnaldo Otegi que con el Rey de España. El colmo del cinismo es que Puigdemont diga que el Rey ignora a quienes no piensa como él. El Rey han salido en defensa de la Constitución que apoyó la inmensa mayoría de los catalanes.Son Puigdemont y su banda los que quieren suspender la vigencia de esa Constitución en Cataluña, obligando a todos los catalanes a seguir los mandatos del 47% de votantes que respaldaron a los separatistas en las elecciones catalanas de 2015.
Es el colmo que Puigdemont apele a la Constitución para decir cuáles son los deberes del Rey, como si don Felipe no los conociese, y olvidando que su Artículo 56 afirma claramente que el Rey es “es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia”. Pero además de sólo leer de la Constitución aquello que a él le interesa, ¿cómo tiene la cara de mencionar la Constitución después de violarla abiertamente?
Por otra parte, Puigdemont insiste en tratar como extranjeros a los catalanes no nacionalistasal hablar de “las aspiraciones de soberanía del pueblo catalán”. Querrá decir las aspiraciones de los separatistas, que no representan a todo el pueblo catalán. Y ya que apela a los heridos el pasado domingo (haría bien en explicarnos de dónde se sacó esa cifra exagerada y falsa de heridos, que no se corresponde ni de lejos con la de personas hospitalizadas dos días después), Puigdemont olvida a los agentes del orden acosados, agredidos y heridos estos últimos días a manos de los separatistas, con el mismo desprecio con el que olvida que los no nacionalistas también forman parte del pueblo de Cataluña.
Quisiera dirigirme directamente a Su Majestad, en la lengua que sé que conoce y habla: así no. Con su decisión de ayer usted decepcionó mucha gente en Cataluña, que lo aprecia y que le ha ayudado en momentos difíciles de la institución. Gente que esperaba de usted otro tono y una apelación al diálogo y la concordia.
Como presidente de la Generalitat creo necesario dirigirme al conjunto de la ciudadanía, a todos, piense como piense, para garantizar el compromiso del gobierno que presido de proteger el conjunto de los ciudadanos, de velar por sus derechos a expresarse libremente y respetar sus decisiones.
Hace falta tener mucha jeta para decir esto después de dar un golpe de Estado según el cual en Cataluña lo único que vale es la opinión del 47% que votó a los separatistas. ¿Cómo va a garantizar los derechos de los catalanes no nacionalistas el mismo individuo cuya policía política se dedica a impedir el derecho a trabajar frente a una huelga separatistas como la de ayer?
Lo haremos con el compromiso que asumimos al inicio del mandato. Un compromiso de hacerlo con una puerta abierta siempre al diálogo y al respeto hacia el otro. No nos moveremos de aquí, y quiero garantizar a los ciudadanos que me estáis escuchando que mi gobierno no se desviará ni un milímetro del compromiso de paz y serenidad, pero a la vez de firmeza, con el que queremos hacer las cosas.
El cinismo de Puigdemont no tiene límites. Apela al diálogo tras impedir que a la oposición ejercer sus derechos en el Parlamento el día que los separatistas aprobaron las leyes para dar una falsa cobertura legal a su referéndum. Habla de diálogo, de paz y de serenidad mientras envía a sus huestes a acosar a la oposición en sus sedes y se dedica a incendiar la convivencia entre catalanes.
Por eso reitero lo que ya dije lunes: este momento pide mediación. Hemos recibido varias propuestas en las últimas horas, y en recibiremos más: todas ellas conocen de primera mano mi disposición a emprender un proceso de mediación. Lo reiteraremos tantas veces como haga falta.Paz, diálogo y acuerdo forman parte de la cultura política de nuestro pueblo. Sin embargo no hemos recibido ninguna respuesta positiva por parte del Estado a ninguna de las opciones de mediación que ya hay sobre la mesa, y creo, con toda sinceridad, que vuelve a ser una grave irresponsabilidad no atender los ruegos que envían gente de dentro y de fuera de Cataluña y del Estado para que este conflicto se encarrila desde la política y no desde la policía.
Donde dice “mediación” lo que quiere decir es “ceder al chantaje”. No hay mediación que valga con quienes violan la Constitución, las leyes y las sentencias judiciales. Saltarse la ley y luego pedir una “mediación” es pretender que el delito salga gratis y que, además, cometerlo te permita obtener un beneficio político. Esto es inaceptable en un país democrático.
Hoy tenemos más cerca que ayer nuestro deseo histórico. El domingo conseguimos hacer un referéndum en medio de un océano de dificultades y de una represión sin precedentes; ayer dimos un ejemplo en el seguimiento del paro general; y estoy seguro que en los próximos días volveremos a enseñar la mejor cara de nuestro país cuando las instituciones de Cataluña tengamos que aplicar el resultado del referéndum.
Monta un referéndum ilegal, sin ninguna garantía democrática, en el que cualquiera puede votar varias veces, en el que hay -en decenas de municipios- más votos separatistas que personas censadas, saltándose la Constitución, el Estatuto de Autonomía, cometiendo presuntos delitos de desobediencia, malversación de fondos, prevaricación, coacciones y sedición ¿y considera que eso es “la mejora cara” de Cataluña?
Mientras mantengamos la confianza y el aislamiento a toda provocación y toda intención de violencia. Ni la queremos en casa ni la queremos ninguna parte. Hagámonos fuertes en la dignidad y seremos un pueblo capaz de hacer posible el sueño que se proponga.
Nuevo gesto de cinismo de quien está señalando a la banda de la porra del separatismo los blancos a los que tiene que acosar y agredir. Después de todo lo visto hasta ahora, a estas alturas Puigdemont ya no debería estar dando discursos por la tele: debería estar en la cárcel, que es el sitio que merecen quienes se saltan la ley y las sentencias judiciales en un intento de empujar a toda una región a un grave enfrentamiento civil, con el fin último de robarle al pueblo español su soberanía y una parte de su territorio.

outono.net

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