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La desconocida Cigales no solo huele a vino


Viñedos Bodega Valdelosfrailes D.O. Cigales

Elegir un vino rosado, podría imponerse en las mejores mesas. Sobre todo, si es Cigales. Las terceras generaciones de bodegueros de la comunidad vinícola de Castilla y León, ya sacan provecho al potencial de esta tierra, produciendo vino rosado con personalidad y vendiendo calidad a precios muy atractivos.

Y los tintos, imposibles antaño, —por el aquello de que no era habitual por estos pagos— han anidado en la comarca, dando como resultado unos crianzas y reservas que han entrado en el sector pisando fuerte, haciéndose notar en los certámenes internacionales.

La ruta enoturística de Cigales es la única en España que se vincula al Canal de Castilla, la obra hidráulica de la Ilustración española que siembra con sus caminos de sirga Palencia, Burgos y Valladolid. Este es un atractivo reclamo para disfrutar del paisaje y la peculiar fauna —nutrias, tejones, jabalíes, patos y martinetes, entre otras especies—; la arquitectura del románico palentino o la compañía de los peregrinos que hacen el Camino de Santiago.

El guiño a la historia está presente. Por aquí discurría el Camino Real que usaban reyes y nobles para llegar a Burgos entre los siglos XIII al XIV. Existen dos joyas cistercienses: el Monasterio de Santa María de Palazuelos —entre las localidades vallisoletanas de Corcos y Cabezón de Pisuerga—, y la Abadía de San Isidro, conocida como “La Trapa”, en el histórico Dueñas.

Uno de los tintos de la añada 2013 de la bodega Alfredo Santamaría, en Cubillas de Santa Marta, obtuvo Gran Medalla de Oro en el concurso mundial de Bruselas, celebrado este año en Valladolid, entre más de mil vinos de diferentes zonas del mundo que participaron en la cata a ciegas. A pocos kilómetros, la bodega Valdelosfrailes, de Carlos Moro, produce los tres rosados de Matarromera. Además de sus vinos característicos, abastece en varios formatos a hoteles, aerolíneas y a Ikea. Su enólogo, el ingeniero agrícola Francisco Guerra, se crio entre viñedos. Conoce muy bien el lenguaje del vino.

Esta villa, con menos de cien habitantes durante el invierno, y el doble en temporada de vendimia, luce un horizonte de arquitectura troglodítica, habitual en la zona. Elevadas torres de ventilación coronan los tradicionales barrios de bodegas, donde se conservaba la uva y se elaboraba el vino en profundas cavidades, excavadas en la tierra para aprovechar las condiciones climatológicas, que hoy, se consiguen con la tecnología.

En Mucientes, el aula de interpretación Bodega, conformada por dos cavernas del siglo dieciséis, restauradas en 2006, es posiblemente único en España. Se trata de un espacio público, propiedad del municipio, concebido para la difusión y conservación de cuatro siglos de historia vitivinícola. Sus 235 metros cuadrados sepultados bajo tierra, en el “Cuarto” de San Pedro, al norte del casco urbano, muestran la vida de las bodegas, los tipos de lagares y útiles asociados al vino, apoyándose con objetos originales y antediluvianos. Algunas de estas bodegas subterráneas, hoy tienen otra utilidad, asociada al solaz de las familias, que comparten productos de la tierra rociados con vino, como se hacía años atrás en la zona.

Siguiendo la ruta del vino cigaleño se descubren comercios, alojamientos, bares de vinos y museos. En Valoria la Buena, pueblo varado en medio de una encrucijada, se alza el Museo del Cántaro, único en su tipo de la península. Una colección privada donada al ayuntamiento, recopila la nada despreciable cantidad de setecientos cántaros, organizados según su tipología (árabe, íbero, celta, etc…), con mención del nombre del alfarero, en los casos donde se conoce. Algunas piezas datan de hace siglos; otras, recorren parte de la geografía española e incluso, han sido rescatadas en Francia, con el fin de salvar la memoria de un arte ancestral: la alfarería.

La gastronomía se ensambla a la perfección con el retrato del viñedo, como si de un bodegón se tratase. La Cueva de Mucientes, sinónimo de carne jugosa y lechazo asado en horno de leña, es un restaurante edificado en 1856 a catorce metros de profundidad. Los comensales podrán solazarse con los aromas de la comida castellana más vernácula, mientras comen en el interior de una caverna, adaptada para el acceso de minusválidos o personas con movilidad reducida. La Dama de la Motilla de Fuensaldaña, es otro restaurante a tener cuenta. Con decoración “Art Decó”, se precia de contentar al cliente con su cocina creativa, que se agradece, por su contribución a la diversificación de la oferta gastronómica local.

Si bien Cigales es conocida por sus claretes, fusionados a la tierra castellana, y por su costumbre de beber esos chatos imbricados en el hábito del tapeo, el presente del territorio es apostar por vino de calidad desde sus raíces. Una carrera imparable en estos momentos. A casi 30 años de su nacimiento oficial, esta Denominación de Origen reivindica su lugar entre los grandes bodegueros españoles.

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