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Hazme caso, sé listo y hazte el torpe… acerca de la “mayoría silenciosa” que permanece pasiva ante la destrucción de la Patria y nunca se responsabiliza de su voto.



Carlos Aurelio.- Nuestra Patria está en peligro, como nunca lo ha estado desde hace siglos, como lo estaba a principios del siglo XIX, cuando el alcalde de MÓSTOLES decidió redactar el “bando de la independencia,” el dos de mayo de 1808. Entonces el gobierno de España, el estado español, como ahora ocurre en Cataluña, estaba desaparecido, era casi inexistente.


El dos de mayo de 1808, Andrés Torrejón, por entonces alcalde Móstoles decide firmar y divulgar un manifiesto recordándoles la obligación que, según la legislación tradicional castellana —recogida en las Siete Partidas de Alfonso X de Castilla (partida II, título XIX)—, tenían los ayuntamientos para emprender la defensa del territorio en caso de invasiones extranjeras, especialmente en el caso de faltar el rey y, como era el caso, no tener libertad sus representantes inmediatos —la Junta de Gobierno, mediatizada por Murat—.


Este planteamiento defensivo, propio de la Baja Edad Media, chocó con la disciplina de una monarquía absoluta, en la que la jerarquía militar respetaba férreamente la cadena de mando. Sin duda alguna estamos en una situación similar en la que la única diferencia es que la situación no es de agresión desde el extranjero, sino desde dentro, por parte de oligarcas y caciques que quieren romper España, destruir la Unidad de la Patria.


La calamitosa situación que sufre España me recuerda inevitablemente que mi abuelo materno tenía como máxima para “triunfar en la vida” una frase como la que encabeza este texto, y calificaba a quienes no la seguían al pie de la letra como gente que “no sabe vivir”.


También recuerdo (aunque no sé a ciencia cierta si fue porque me lo contó mi abuelo, o porque lo he oído enésimas veces en la familia, a lo largo de mi vida) que contaba que “así” logró sobrevivir al caos de la Segunda República, a la guerra y a la posguerra.


Mi abuelo materno vivía cuando la República en un pueblecito de Badajoz (Arroyo de San Serván) en el que hubo sus más y sus menos cuando las revueltas campesinas y tomas de tierra promovidas por la UGT, y según contaba supo camuflarse convenientemente, aplicando su frase favorita: “sé listo y hazte el torpe”. También contaba que la llevó a la práctica en innumerables ocasiones, en múltiples momentos de su vida, cuando tuvo enfrentarse a situaciones de mayor o menor arbitrariedad, autoritarismo, prepotencia de caciques diversos. Su intención era no hacerse notar, pasar desapercibido a toda costa, evitar que alguien con malas intenciones le pusiera la vista encima, no fuera a ser víctima de alguien que pudiera causarle daño, amargarle la existencia.


Es mucha la gente que trata de buscarse la vida, como se dice ahora, de manera similar, desentendiéndose de todo, permitiendo que los estúpidos y malvados mangoneen, e incluso adopten actitudes abusivas, vejatorias, de maltrato cruel, puro y duro… en la idea de “¡Ojalá no se fijen en mí!”, e incluso yendo más allá, uniéndose a ellos para tratar de evitar que puedan acabar siendo sospechosos de simpatizar con las víctimas de los malvados y estúpidos…


Estamos hablando de una “moral de obligación y sanción”, basada entre muchas cosas en el miedo, la desconfianza del prójimo (“personas próximas” en sentido etimológico) la falsedad, la simulación… Y fundamentalmente en una actitud casi permanente de servidumbre, más o menos voluntaria, sacrificando la libertad con el objetivo de conseguir una cierta “seguridad”, sea material, sea psíquica, o ambas.


La máxima de mi abuelo materno es un perfecto resumen de la situación de “meritocracia por lo bajo” que padece nuestro país, esa nación que siempre llevó por nombre España, y del que casi nadie desea acordarse, y menos nombrar, no sea que se le ponga el sambenito de “facha”, retrógrado, etc.


Una nación, la española, gobernada por gente mediocre, saqueadores que no paran de aprobar leyes y más leyes, dicen que por nuestro bien, para hacer más felices a los ciudadanos,… pero ¿quienes nos gobiernan en verdad desean que las leyes sean obedecidas por quienes ellos denominan la “ciudadanía”?


Pues no, lo que realmente desean es que las leyes no sean acatadas, quienes nos malgobiernan, pese a que proclaman que persiguen el interés de la colectividad, solo buscan el provecho personal, conseguir el poder y perpetuarse en él a toda costa. Pero el “poder” no consiste en gobernar a gente “inocente”, ¡No! Consiste en dirigir a “criminales”, y cuando no existen, pues, hay que inventárselos… El gobierno acaba declarando delictivas tantísimas actuaciones que es casi imposible no acabar delinquiendo por parte de la gente de buena voluntad y cumplidora. El actual gobierno aprueba una ley tras otra, todas casi imposibles de cumplir (por supuesto, ni ellos mismos las cumplen) y una de las claves es que casi ninguna puede ser interpretada de forma suficientemente “objetiva”, de manera que están creando una “nación de transgresores”, de insumisos… Así, acabarán teniendo “culpables” contra los que actuar y a los que perseguir y sancionar; y por tanto motivos suficientes para seguir saqueándonos, expropiándonos,…. Y, por supuesto, enriqueciéndose ellos.


Quienes nos malgobiernan saben sobradamente de las consecuencias de las sucesivas acciones que emprenden, no improvisan, tal como cabría suponer; ¡No! Su actuación forma parte de un plan minuciosamente planificado. Saben que con sus leyes conducen a los españoles a una situación de golfería, de profundo cinismo, de conseguir que cada vez sea mayor el número de personas que crea que las normas se hacen para no cumplirse.


Y mientras tanto nos dicen que legislan, que gobiernan para los más humildes, para los más desfavorecidos, los mansos, los enfermos, “los discapacitados”, que son los que más merecen atenciones y cuidados… Crean más y más normas que les aseguren poder seguir recaudando, para así poder seguir –dicen- atendiendo al bienestar público, para preservar lo que denominan “el estado del bienestar”. Evidentemente, la creación de más normas supone la creación, también, de más y más burocracia, más y más funcionarios, más y más “clientes” con los que asegurarse el voto en futuras elecciones,… una perversa, mafiosa red de favores y servidumbres.


Las diversas leyes “igualitaristas”, de “discriminación positiva” (como perversa y eufemísticamente las llaman) supuestamente encaminadas a mimar, reconfortar y compensar a los más desfavorecidos (y saldar, dicen también, supuestas “deudas históricas”); así como las normas diversas de “rediseño e ingeniería social” encaminadas a implantar un nuevo modelo de relaciones interpersonales, y en suma un “nuevo hombre” y una “nueva sociedad”, al final solamente acaban ocasionando una mayor degradación moral.


Las diversas proclamas de libertad a las que esta pandilla de golfos acostumbra a apelar para argumentar en sus enésimas normas, se convierte de facto en una burla, pues siempre van acompañadas de peticiones de renuncia a las cosas que generalmente hacen la vida agradable a la gente, en este mundo que nos ha tocado vivir…


Si leemos el diagnóstico que Joaquín Costa hacía de la España de 1899 (OLIGARQUÍA Y CACIQUISMO COMO FORMA DE GOBIERNO) aquella España se parece demasiado a la España actual. Joaquín Costa afirmaba que el régimen político existente en España era un régimen oligárquico y caciquil. España, decía, estaba gobernada por una oligarquía de “notables.” Y por tal motivo afirmaba Costa que, España no era una nación libre y soberana; en España no había propiamente un parlamento, ni partidos; lo que algunos hoy denominan “partitocracia”.


Pero si esto es ya reprobable, hay algo que lo es muchísimo más, y de lo que también Joaquín Costa ya hablaba: el régimen caciquil posee un elitismo perverso impide lo que más tarde Wilfredo Pareto denominaría "la circulación de las elites"; en el régimen caciquil los más capaces y los mejor preparados son apartados, es la postergación sistemática, la eliminación y exclusión de los elementos superiores de la sociedad, tan completa y absoluta, que el país ni siquiera sabe si existen; es el gobierno y dirección de los mejores por los peores; violación torpe de la ley natural, que mantiene lejos de la cabeza, fuera de todo estado mayor, confundida y diluida en la masa del servum pecus ( Del latín, significa rebaño servil) a la elite intelectual y moral del país, sin la cual los grupos humanos no progresan, sino que se estancan, cuando no retroceden.


También decía Joaquín Costa que España es una meritocracia a la inversa, que España posee un régimen político que selecciona a los peores y prescinde de los mejores individuos, de las personas componentes de la sociedad española. En el régimen caciquil oligárquico sólo triunfan los peores… Para que “triunfen los peores” es imprescindible que esté presente lo que los psiquiatras y psicólogos denominan “trastornos de mediocridad”, el defecto, la ausencia, o inhibición de la presión por la excelencia, en sus varios grados de intensidad.


Me dirán que la mediocridad es una característica común a todos los grupos humanos, que no es una cuestión gravemente preocupante, y que la mediocridad incluso favorece la conformidad, y, en muchas culturas, la conformidad asegura la felicidad de muchos, si no de la gran mayoría de los individuos…


Y ciertamente así es, pero cuando quienes ocupan del poder legislativo, ejecutivo y judicial –y también los medios de información- padecen un grado de mediocridad más aguda o severa, estamos hablando de “palabras mayores”.


Estamos hablando de lo que los antiguos griegos y romanos llamaban, “oclocracia”, una situación de caos en la que acaban haciéndose con el poder los que más gritan, en medio de un ruido aturdidor, apabullante.


Los españoles no podemos seguir aplicando la máxima de mi abuelo, “sé listo y hazte el torpe”, debemos tomar las riendas y dejar de silbar y mirar para otro lado, como si no fuera con nosotros, tal cual ocurrió aquel 2 de mayo de 1808, y obligar al gobierno a que llegue hasta el final, a que recurra a medidas de fuerza si fuera preciso, a que declare el estado de excepción, o de sitio, y a que, para rematar la faena, convoque un referéndum para que todos los españoles decidamos si hay que recuperar la Unidad de España y desmantelar el “estado de las autonomías”, que a la vista de las terribles consecuencias que nos ha traído, es evidente que nunca debió ponerse en marcha.



Carlos Aurelio Caldito Aunión.

Badajoz.



-      Ni que decir tiene, que además de suspender el Estatuto de Cataluña, el Gobierno que preside Rajoy, debería iniciar el proceso legal que corresponda para ilegalizar a todos los partidos políticos que tengan como objetivo romper la Unidad de España, sea en Cataluña o en otras regiones de España.



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