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El Procés español, por P. Gallego @CliperNegro




No puedo llegar a concebir si quiera la impotencia sufrida por la generación que luchó por la unión de esta nuestra España, y de la sucesora que vivió la estabilidad del régimen emanado de los Pactos de la Moncloa. El “procés català” quizás esté suponiendo el último aliento de este sistema, de una lluvia que precipitándose sobre España termine de erosionar el status quo existente.  



No obstante, lo que la coalición separatista se enorgullece de atribuirse como creación propia, y fruto de su buen hacer, de su “procés català”, es más posible verlo como el “procés español puesto que las causas de su potente irrupción actual tienen foco más en Madrid que en Barcelona. La perpetuación en nuestros órganos representativos de miembros de organizaciones separatistas, y por lo tanto potenciales anticonstitucionalistas, ha sido en innumerables ocasiones, en nuestra reciente historia democrática, pagos de favor de otros partidos “defensores de la unidad de España”. El tan contemporáneo fenómeno viral del postureo ha sido recreado en su máximo esplendor por aquellos que desplegaron la bandera española antes de abandonar eParlament durante la rúbrica de la convocatoria del Referéndum.  

Lo que hoy vivimos no es un hecho puntual y arbitrario.  Atiende a las ingentes subvenciones que han acaparado para pagar sus rocambolescos actos propagandísticos o la cesión de la educación a las comunidades autónomas que han desembocado en auténticas labores de adoctrinamiento en los infantes catalanes. Ellos, hoy con derecho a voto tras años de lavado de cerebro catalanista, optan por quienes sentencian con rotundidad la “raça” catalana de Colón. Son ellos quienes  le otorgan legitimidad electoral a éstas operaciones anticonstitucionales, una juventud indignada (no falta de razón) y adoctrinada en el corpus catalanista. La deriva del “procés” nos permite asegurar que vivimos en un Estado quebrado a punto de ser roto, o con fortuna y buen tino político, a punto de ser reparado.   



España, ese país carente de hombres de estado desde épocas añejas, y donde tales acaban doblegándose a los malos vicios, necesita una nueva política. Pero no fundamentalmente una política institucional sino una nueva política personal. El ser español ha de reconstituirse o está llamado acabar funesto. El nuevo ser español debe de emanciparse sobre las ruinas del partidismo de trinchera, y apelar a la trascendencia de su acción y a la solidaridad entre iguales, ha de encontrar en el Plus Ultra, que cimbrea en la divisa de nuestro escudo,  un lema constitutivo de vida. De mirar más allá de lo evidente, de lo próximo, al futuro, y a la preservación de su legado y a la contribución al Estado, empero un estado como institución, sino entendiendo que éste no puede desligarse de una visión social, que no ha de entenderse España como el conjunto de gentes diversas que conviven con una misión común. Contribuir al Estado debe ser civismo, debe ser ayudar al prójimo, ante todo; por lo tanto, tener sentido de Estado, es adecuar las instituciones a que puedan ser útiles en la defensa de los ciudadanos, manque ello suponga un sacrificio a corto plazo. 

El “partidismo ha generado esta situación de crisis de Estado sin dudas. Mediante una política de trincheras contrarias, ninguna oposición ha colaborado nunca con ningún gobierno.  La ausencia de sentido de estado en la mayoría de nuestros políticos, ha supuesto que las oposiciones que se han sucedido en nuestra democracia hayan estribado en un continuo desgaste de la labor del partido en el gobierno para contribuir a su caída en desgracia y ocupar la poltrona presidencial, apoyando si era necesario a aquellos que atacan hoy el artículo dos de nuestra carta magna en numerosas ocasiones. 

Si el político español estuviera carente de un fin doctrinario, es decir cerrado y hermético, podría aceptar y aplaudir a su contrario sin ningún pudor cuando este lo mereciera. Pero parece haber una ley tácita que lo prohíba. La buena práxis de un gobernante es una buena labor para todo el conjunto del Estado, menos al parecer, para los miembros de la oposición. La continua lucha de bandos, el “juego de tronos” existente en la política española ha acabado germinando los frutos que una mala ética política podía dar. La soberanía de España está a punto de ser socavada por unas malas artes políticas. “Apenas son suficientes mil años para formar un Estado; pero puede bastar apenas una hora para reducirlo a polvo” que decía Lord Byron, una lástima que nuestros políticos no hayan interiorizado sus lecturas, si es que las conocen.  

P. Gallego @Clipernegro

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