Pedro Sánchez: Ganar para perder, por @JJoveSan miembro del @ClubdeViernes



@JJoveSan.- Hace unas semanas se produjo la victoria de Pedro Sánchez en las primaras del PSOE, victoria obtenida en contra del aparato y para sorpresa de algunos, especialmente de quienes no conocen a la militancia socialista. La victoria fue rotunda, sin paliativos, sacando más de 10 puntos a Susana Díaz. El resultado de las primarias nos trae dos conclusiones. Primera: en un sistema con voto universal y secreto, las estructuras de poder decaen y también la capacidad de las jerarquías del partido para condicionar el voto del afiliado. Segundo: las bases de los partidos siempre son más radicales que el aparato –por lógica más conservador- y también que los votantes.

Así como en las votaciones por compromisarios es fácil predecir los resultados por el mayor control y sometimiento al aparato, en cuanto que éste tiene capacidad para premiar o castigar en función de la obediencia o no a las recomendaciones de voto, dicha circunstancia desaparece cuando el voto es secreto y universal. En primarias uno puede votar a quien quiera sin miedo a represalias -gracias al voto secreto- y además vota el total de la masa de afiliados, no sólo los que tienen cargos orgánicos –y sueldos- procedentes del partido, lo que lleva a escorar el resultado hacia planteamientos y candidatos de ruptura, diluyendo el voto conservador de quienes tienen algo que perder.

Por otro lado se produce un efecto interesantísimo: la disparidad entre la base sociológica del afiliado y del votante. El afiliado, por definición, es una persona que vive con más intensidad la política y que está más ideologizado, es más dogmático e intransigente, más de principios irrenunciables. El votante, por el contrario, es una persona con menos interés por la política, menos partidista, está menos ideologizado y por lo tanto apuesta normalmente por posturas menos radicales, se auto ubica en posiciones políticas que van del centro izquierda al centro derecha. Es más pragmático, más moderado. Se produce entonces una disociación grande entre el afiliado y el votante, entre quien elige al líder del partido y entre quien elige al presidente del gobierno. Así, el partido socialista tiene 189.000 afiliados pero en las últimas elecciones le votaron 5.424.709 personas, es decir, sus afiliados no suponen ni 3,5% de quienes le votan. Por lo que una minoría ridícula de quienes votan al PSOE, los más radicales e ideologizados, son los que eligen al líder y marcan la agenda política del partido. De este modo, la implantación de primarias en el PSOE ha llevado a una progresiva radicalización del partido, lo que a su vez le ha llevado a alejarse cada vez más de su potencial electorado, que ha castigado su alejamiento y radicalidad con una pérdida de confianza y, consiguientemente, de votos.

Este alejamiento de su potencial electorado -y de la sociedad en general- sin embargo lleva a una mayor identificación del militante con el líder, dando una apariencia de mayor consistencia y fortaleza del partido. Pero es una imagen falsa, un mero espejismo porque cuanta más sintonía hay entre el líder y la militancia, más se desvanecen sus posibilidades electorales, más se distancia de la sociedad. Así que Pedro Sánchez ha ganado, pero no ha ganado más que para perder. Su victoria es la derrota del PSOE.

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