Como fan de Christopher Nolan, me costaba imaginar qué podía aportar el director británico al cine bélico realista, alejado de los elementos fantásticos y de ciencia ficción que tan buen resultado han dado en su filmografía.
Pensaba que, quizás, sería una película en la que no se notaría su esencia. Nunca he estado más equivocado. Dunkerque es el talento de Nolan concentrado en casi dos horas de maestría cinematográfica. Su mano se ve en la belleza de cada plano, en la intensidad de cada secuencia y en su arriesgrada estructura, dividida en tres espacios y tiempos diferentes que se dirigen hacia un mismo punto: una semana en tierra, un día en el mar y una hora en el aire.

La mayor diferencia respecto a sus anteriores trabajos es la ausencia de un gran personaje protagonista. Nolan nos muestra la acción desde el punto de vista de varios hombres, pero en ninguno profundiza demasiado. De algunos se cuenta lo justo, de otros, prácticamente nada, porque el personaje principal es colectivo, los más de 300.000 soldados atrapados en una playa al norte de Francia y los cientos que trataron de ayudarlos a sobrevivir.
Para el espectador –para mí– todo comienza con un disparo. Cuando aún no me he acomodado en la butaca, el primer impacto de bala, con un sonido que duele, me produce un nudo en la garganta que se resiste a desaparecer. Las sensaciones se van acumulando en el estómago. Me descubro sintiendo miedo, una sensación de inquietud aún mayor que la que producen las películas de terror. Pero sobre todo me invade la angustia. No hay un solo minuto de respiro hasta el final (quizá uno, y resulta catártico). Sobrecogido, asombrado, sin poder parpadear, sufro con cada escena.
Gran parte de la culpa es de los efectos sonoros, devastadores, constantes, contundentes. Aportan más violencia que la sangre de la que se ha decidido prescindir. No se ve una gota. Dunkerque es agonía sin heridas, muerte sin casquería, dolor en el alma más que en el cuerpo. Tampoco hay casi diálogos. Los rostros, los gestos y las acciones lo dicen todo. Hablan de la valentía y la cobardía, que a menudo son la misma cosa, de la sensación de vacío y de la desesperada lucha por huir de un funesto desenlace que se da por hecho.
Ante la ausencia de voces, quien no calla es la banda sonora de Hans Zimmer, que mantiene la tensión y acelera las pulsaciones incluso en momentos de aparente calma. Es un recuerdo constante de que el peligro no desaparece jamás. El enemigo es una amenaza invisible (solo se materializa en forma de aviones, bombas y balas) pero omnipresente.
Cuando todo termina y comienzan a desfilar los créditos, noto la emoción contenida en la sala y me doy cuenta de que Dunkerque es más que una película, es una experiencia, un recordatorio de cuál es la finalidad del cine (conmover, conmocionar) y por qué lo llamamos séptimo arte.
Tuve la carne de gallina hasta una hora después de terminar la película. Todavía hoy, cuando la recuerdo, mientras escribo estas líneas, se me ponen los vellos de punta. Nolan me hizo sentir que formaba parte de aquello. Yo también estuve en Dunkerque.


Vía 20MINUTOS.ES