FÁBULA SOBRE FRONTERAS Y PROPIEDAD PRIVADA DE RAFAEL BARRET (1876-1910)





Por alguna razón, esta FÁBULA de Barret, en vez de convertirme en un fanático partidario de UN MUNDO SIN FRONTERAS, me reafirma sobre su necesidad y su importancia.

Barret añora su inocencia previa a la adquisición de las gallinas y lamenta que su espíritu se haya envilecido como consecuencia de la voluntad de defender su PROPIEDAD y su ESPACIO VITAL.

Barret no tiene en cuenta que en la vida ningún logro sale gratis, ni se mantiene sin esfuerzo. Por tanto, si decidió comprar las gallinas es porque las necesitaba para alimentarse con sus huevos y con su carne. Como consecuencia debería entender como lógico las implicaciones que suponen su crianza y cuidado.

Los logros que obtenemos, los consideramos logros por no disfrutarlos de forma natural. No podemos abrir la nevera y coger una docena de huevos sin que antes alguien se haya molestado en comprarlos y ponerlos dentro de ella. Es lógico que si esos huevos de la nevera no están destinados a nuestro consumo, al cogerlos, su propietario se moleste y nos acuse de robarle.

LA PROPIEDAD PRIVADA ES INHERENTE A NUESTRO PRIMITIVO INSTINTO DE SUPERVIVENCIA, ES RESULTADO DE UN ESFUERZO PARA OBTENERLA, SUPONE SACRIFICIOS PARA MANTENERLA Y MEJORARLA, Y NOS OBLIGA A ADOPTAR MEDIDAS PARA DEFENDERLA DEL RESTO DE NUESTROS CONGÉNERES.

MIS GALLINAS SON MÍAS. MI NACIÓN, ME PERTENECE.

ESPAÑA ES MI NACIÓN, ME DEBO A ELLA, Y ELLA SE DEBE A MÍ, Y AL RESTO DE ESPAÑOLES, ANTES QUE A CUALQUIER EXTRAÑO.

Barret lamenta que su alma se haya envilecido sin considerar que el resto de la humanidad no es inocente, ni bondadosa, sino que está tan envilecida como él mismo.

LAS FRONTERAS NO SON EL PROBLEMA, SON LA SOLUCIÓN.

´{{«Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada.

La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llena para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.


Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas al intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en la casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté a uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.

¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario»}}. 


(Rafael Barret, escritor anarquista de la Generación del 98)
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