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¿Está perversamente manipulado el sistema democrático?

“El arte de la política, en las democracias, consiste en hacer creer al pueblo que es él quien gobierna” L. Latzarus

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No es necesario ser un experto en política ni un gran conocedor de los distintos sistemas de gobierno para llegar a la conclusión de que, en la actualidad, el concepto que muchas personas tienen de la democracia dista mucho de ser el que, quienes la instauraron por primera vez, tuvieron cuando hablaron de aquello “del gobierno del pueblo por el pueblo”, de la elección mediante las urnas de quienes deberían hacerse cargo de la gobernación del pueblo y del respeto que todos los demócratas deberían tener respecto a aquellas normas o leyes que, a través de sus órganos de representación, se darían para garantizar la justicia, la imparcialidad, la igualdad de derechos, el orden, las mismas oportunidades, la seguridad y el respecto a los derechos individuales del resto de miembros de la comunidad en lo que se daría en llamar un Estado de derecho.

Lo que, en otros tiempos, se consideraba sagrado, un derecho de los ciudadanos a decidir, a través de las urnas, quienes deberían gobernarlos por un periodo determinado, con absoluto respeto por los resultados de los comicios, fueren cuales fueren los vencedores y pertenecieran o no a la misma ideología de quienes los habían votado o de aquellos que votaron por otro candidato. Desde el momento en el que se daba por vencedor a un candidato se convertía, automáticamente, en el representante de todos los ciudadanos fueran o no de su partido. Sin embargo, da la sensación de que los hay que, aunque utilizan frecuentemente el término “democracia” en sus actuaciones políticas, lo cierto es que tienen, en muchas ocasiones, un concepto muy equivocado de lo que debe ser un gobierno democrático, llegando a confundir lo que es el respecto a las leyes, el cumplimiento de las sentencias de los tribunales o la aceptación de los preceptos constitucionales, con meras cuestiones accesorias, sin importancia y fácilmente superables, modificables y derogables, si un grupo cualquiera de ciudadanos deciden, por su cuenta y riesgo, obviando los conductos reglamentarios, sin el apoyo del resto de la ciudadanía y sin respetar los tiempos requeridos, a través de las cámaras de representación del pueblo, para que sean ellos, quienes acepten o rechacen los cambios propuestos.

No obstante, parece que hemos entrado en una etapa de la vida política en la que se pretende superar el concepto de democracia representativa por otros que, no obstante, se quieren seguir justificando como si fueran una democracia “mejorada” a pesar de no mantener ninguna de las cualidades, valores, universalidad y garantías que hacían de aquella el sistema más garantista y perfecto de todos los sistemas conocidos de gobierno, a pesar de que, como sucede con todo lo que los humanos son capaces de hacer, sin llegar a la perfección absoluta. Y, como ya se ha convertido en algo proverbial, volvemos a encontrarnos con los que siempre suelen ser los que pretenden conseguir para ellos; para lo que algunos quisieran imponer al resto, siendo minorías, sus ideas revolucionarias; para los que se ven incapaces de conseguir, por los mecanismos legales establecidos y por medio del atractivo de sus planes de gobierno ( a menudo utópicos, irrealizables y de carácter coercitivo y limitativo de las libertades individuales), lo que otros partidos logran alcanzando la confianza de las mayorías de ciudadanos, generalmente poco inclinados a votar a quienes pretenden realizar cambios que se apartan del sentido común y que suponen, en ocasiones, ir cargadas de un matiz totalitario.

Lo hemos comprobado en las sucesivas votaciones que ha necesitado España para conseguir un gobierno, minoritario, pero estable y conservador. A pesar de ello ha sucedido algo que, para la mayoría de ciudadanos, era evidente: el gobierno del señor Rajoy ha nacido sietemesino, débil, dependiente de otros apoyos que, como se está viendo, no son de fiar y, cada vez se ve con más claridad que puede llegar un momento en el que el gobierno del PP se vea bloqueado en las Cortes y deba de recurrir, en peores condiciones y forzado por su minoría parlamentaria, a convocar unas nuevas elecciones en las que, a diferencia de lo que ha sucedido en anteriores ocasiones, su vitoria pudiera resultar más discutible.

Cataluña se ha convertido, una vez más, en el garbanzo negro de la democracia a pesar de que los separatistas, autores del desaguisado, no dejan de mencionar en sus discurso la palabra “democracia”, pretendiendo justificar lo que solamente es un acto de traición al Estado, de franca rebelión contra la Constitución y de desobediencia a los dictámenes de los tribunales, en un ejercicio de supuesta “democracia” porque una parte de los catalanes, no todos, serían partidarios de una nación catalana independiente, con todas sus nefastas consecuencias para los ciudadanos que, en modo alguno están conformes con semejante dislate. Sin embargo, esta propensión a no aceptar los resultados de las mayorías ya parece que se está convirtiendo en un hábito cada vez más generalizado y, en especial, en aquellas naciones en las que las urnas apoyan a los partidos de la derecha. En Polonia fue elegido un presidente de derechas por el pueblo polaco y, a los perdedores y al resto de naciones democráticas de Europa, parece que esta circunstancia les basta para ponerse en contra del gobierno polaco y ponerle la marca de “indeseable”.

El ejemplo más evidente y que merece un examen más profundo, ha sido el caso de la elección del señor Donald Trump en los EE. UU de América. Ya en el periodo previo de los caucus fue objeto del menosprecio de sus adversarios, tanto de sus oponentes republicanos como, y todavía con más empeño y furor, por los demócratas de la señora Clinton. Parece que la clara victoria que obtuvo contra los demócratas, inesperada pero lo suficientemente explícita para que no hubiera dudas respecto a los resultados, debiera de haber sido aceptada con la normalidad como lo fue la del señor Clinton, el señor Obama o el señor Bush; pero no ha sido así ya que, en el caso del señor Trump, toda la izquierda de su propio país y del resto del mundo, con mención especial a la española, que ha hecho correr ríos de tinta insultándole, burlándose de él, llamándole inepto y criticando todos sus actos y los de su familia, como si en lugar de ser el presidente de los EE.UU el que fue elegido lo fuera de todos los países del mundo.

¿Qué clase de respeto por las reglas del juego es esta que, contrariamente a lo que ha sucedido con los anteriores presidentes, al señor Trump se le está impidiendo poner en práctica una política, guste o no, que fue la que ha estado manteniendo durante toda su campaña y que fue la que le dio la clara vitoria en las urnas?, ¿ qué clase de Justicia existe en la nación norteamericana cuando se dedica a interferir en la política de la nación en base a la petición de un grupo de congresistas o ciudadanos que no tienen otro objetivo que impedir que el Presidente americano pueda cumplir con sus promesas electorales?, ¿ustedes pueden creer que el señor Obama, un izquierdista fracasado, que fue incapaz de llevar adelante sus planes sanitarios y se humilló ante los Castro, se ha erigido en el crítico oficial del nuevo presidente, pretendiendo vender que los votos que consiguió Trump no tienen el mismo valor que los que le auparon al poder a él?. Los interesados en ocultar la buena marcha de la economía norteamericana se dejan en el tintero que, la economía de la nación americana, ha creado 138.000 nuevos puestos de trabajo en mayo y la tasa de desempleo bajó al 4,3%, algo que, en Europa, con el 9% de promedio, haría que sus dirigentes babearan de placer.

Por supuesto que no se trata de defender la política del señor Trump o la de cualquier otro presidente, pero es evidente que, si al señor Maduro, un verdadero monstruo para el pueblo venezolano, estas izquierdas progresistas procuran pasarlo desapercibido y no se dedican a ponerlo de chupa de dómine en cada ocasión en la que comete una de sus boutades; resulta poco menos que un absurdo que, esta misma izquierda que tan complaciente se muestra con aquellos de los suyos que no dudan en atropellar la democracia; se muestre tan despreciativa, tan crítica y tan “superior” con quienes han conseguido alcanzar el puesto a través de la mayoría en las urnas y no infringiendo las leyes, ocupando las calles, alcanzando los acuerdos de forma asamblearia lo que supone la falta de un proyecto común, como no sea el de acabar con la derecha en lo que, por una rara unanimidad, los resentimientos, afanes de venganza, envidias y enconos coinciden en intentar apartarla del poder. Todo dependerá de que los españoles, los que queremos a nuestra patria y aborrecemos el comunismo bolivariano, permitamos que esto suceda. O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, tenemos nuestras dudas de que lo que, hasta ahora, había sido considerada como la mejor política de gobierno, la democracia, pueda seguir sosteniéndose si se sigue esta política de mantener una actitud condescendiente, de convivencia y de permisividad con quienes es evidente que lo que intentan es convertir a España en una sucursal de la nación venezolana, una de las formas peores de dictadura totalitaria, aunque insistan en mantener lo contrario.

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