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Hoy felicitamos a Concesa, Edesio, Jenaro, Máxima, Macaria, Herodión, Flegonte, Asincrito, Bademo, Mercuriana, mártires; Amancio, Dionisio, Perpetuo, Redento, obispos; Alberto, patriarca; Faibe, Filarete, Alberto, confesores; Gualterio, abad; Julián de San Agustín, beato.

Fuente: Archidiócesis de Madrid
Mercuriana, niña mártir romana (?)Sinfero, mártir romano (?)

Santos: Concesa, Edesio, Jenaro, Máxima, Macaria, Herodión, Flegonte, Asincrito, Bademo, Mercuriana, mártires; Amancio, Dionisio, Perpetuo, Redento, obispos; Alberto, patriarca; Faibe, Filarete, Alberto, confesores; Gualterio, abad; Julián de San Agustín, beato.
Era un regalo del Sumo Pontífice. Quizá intentaba animar un apostolado que abría nuevo camino de santificación en la Iglesia. Quizá deseaba premiar con el gesto la perseverancia en la entrega de una minúscula planta que Dios quería hacer un día –aún lejano– árbol grande y fuerte para el bien de la Iglesia, y que por entonces estaba pasando momentos duros y difíciles, porque en el jardín en donde comenzaba a vivir corría el peligro de ser sofocada por los poderosos árboles seculares que ya existían.

Lápida de mármol, de 55 x 20 cm, labrada por la cara anterior:

MERCURIANE † QUAE VIXIT

ANNIS X DIES II IN PACE

VIII IDUS APRILIS

Esta lápida estaba en la catacumba romana y vino dentro de la caja en la que fueron entregadas en Madrid las reliquias.

La caja se abrió y se cerró, levantándose acta del contenido detallado de los restos humanos que incluía. Todo ello se hizo en presencia del M. I. Sr. Don Juan Botello Valor, canónigo de la Santa Iglesia Catedral, Notario Mayor del obispado, y en presencia de los dos médicos: Juan Bautista Torelló y Don Juan Antonio Paniagua, el día 29 de octubre de 1946.

La caja de madera, 62,5 x 23 y 12 cms., de altura, lacrada, sellada con cuatro estampillas del Excmo. Obispo de Forli, con placa de metal en un costado, que decía:«SACRUM CORPUS CUM VASE

SANGUINIS ET LAPIDE SANCTAE

MERCURIANE DECENNEM MARTIRIS – N. P.»

La auténtica de esta caja está expedida por el Excmo. José Rolla, obispo de Forli, el 23-VIII-1946.

Así se encontró la lápida en el interior de la catacumba, como un testigo mudo pero veraz. Es solo una piedra fría que, hasta el momento de quitarla, había servido durante siglos para tapar el hueco que ocupó el cuerpo de Mercuriana y, luego, para ocultar o defender su esqueleto.

¡Una niña! Es todo lo que podemos afirmar. ¡Una niña romana mártir! No hay más datos: ni fecha, ni lugar de martirio, ni circunstancias en las que entregó su vida, ni se conoce quiénes fueron sus padres que la llorarían, ni sus hermanos con los que probablemente se peleó, ni su posición social. Mercuriana no pudo transmitir a la posteridad nada suyo, salvo el categórico testimonio de haber dado su vida –en la que aún no habían comenzado a brotar heroicidades, porque todo en ella eran posibilidades o promesas– por Cristo.

No es posible hacer alusión a sus aficiones. El poeta tiene cegadas las fuentes del verso para poder cantar sus juegos, gustos e ilusiones. El historiador no puede más que dejar hablar a la piedra. Los creyentes prestamos –entre admirados, agradecidos, y pedigüeños– veneración a sus huesos. Las mismas virtudes de Mercuriana deben reunirse –todas– en el definitivo y postrero acto de caridad en el que se inmoló.

Su vida –símbolo de los más numerosos– fue como la de tantos mártires anónimos para los que haría falta un santoral inmenso: Testigos de la fe en Jesucristo que coronaron su vida dándola por entero.

Quizá la niñez de la santa mártir Mercuriana era el mejor modo de expresar la intención del papa al hacer el regalo de sus reliquias, brindando con finura elegante protección celestial al apostolado en ciernes de aquella existencial y dinámica labor que era como una criatura en la Iglesia; o quizá el modo adecuado de expresar la necesidad de apoyo sobrenatural a la juventud que se trataba para que llegara a la madurez de la entrega.

Quizá el mismo nombre –Mercuriana viene del mitológico pagano Mercurio– es sugerente para describir la labor, trabajo, encargo o misión que Dios da al cristiano que vive en el mundo con respecto a todos los hombres que lo habitan. ¿No ha de tener la levadura la virtud de convertir a toda la masa en materia capaz de llegar a ser buen pan?

Junto a ella he querido poner en mi santoral particular a otro santo del que menos aún se sabe. Se trata de san Sinfero. De él se conocen aún menos datos que de santa Mercuriana. Sí consta que fue un mártir romano; pero ya no puedo asegurar más. Ni siquiera la edad. Lo meto en este día porque fue parte del mismo regalo del mismo papa a la misma persona.

Ah, se me olvidaba. El papa regalante era Pío XII, y el hoy beato Josemaría el regalado, quien decidió poner las reliquias de Mercuriana en un centro de formación de sus hijas, y el de Sinfero en otro de sus hijos.

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