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Hoy felicitamos a Patricio, Agrícola, Atón, José de Arimatea, Teodoro, Alejandro, Pablo, Gertrudis, Desiderato (Deseado), Dionisio, Gabriel Lalemant


Patricio, obispo y Patrón de Irlanda (c. a. 380-c. a. 459)

Santos: Patricio, Agrícola, Atón, obispos; José de Arimatea, Teodoro, Alejandro, Teódulo, Pablo, mártires; Gertrudis, Witburga, vírgenes; Desiderato (Deseado), Dionisio, Gabriel Lalemant, mártires.
Los siglos que tiene encima la historia de su vida han dejado la huella de los superpuestos mitos y leyendas que van cayendo suavemente y de modo imperceptible agrandando su ya gigantesca figura. Su fiesta la celebran los irlandeses en el paso a la primavera, la fiesta de la verde Erín que tiene por emblema al trébol tan empleado por Patricio para explicar a los nativos el misterio de la Santísima Trinidad.

Nació alrededor del año 380 en sitio que se disputan aún hoy Francia, Inglaterra y Escocia; ni siquiera esto se sabe con certeza. Parece ser que su padre fue un militar romano que respondía al nombre de Calcurnio y su madre fue Concessa; los dos eran cristianos y pusieron a su hijo el nombre de Succat.

Cayó cautivo de los piratas cuando tenía dieciséis años; lo llevaron a Irlanda, fue esclavo de Milcho, jefe de Daldraida; le sirvió como pastor hasta que pudo escaparse.

En la Galia encontró refugio con san Martín de Tours, que era su pariente por parte de madre, aunque este dato no pueda ser comprobado. Estuvo en el monasterio de Marmoutier, donde vivió como eremita al estilo de los monjes orientales, y en la isla de Lerins, como solitario; cuentan que aquí llegó a ser tan grande su fama que se formó uno de los monasterios más poblados del mundo.

Luego, otro hombre de Dios, san Germán de Auxerre, lo fue preparando para la futura misión en Irlanda, proporcionándole la formación necesaria para ordenarse sacerdote; porque se nos cuenta que Patricio tuvo un sueño en el que veía barcos e irlandeses que le pedían su vuelta para que les enseñara la fe. En Roma, el papa Celestino le encomendó que ayudara a Paludio para la evangelización de Irlanda; pero ante la inesperada muerte de Paludio, el papa lo nombró obispo y le dio todos los poderes que necesitaba para su misión; lo consagró Máximo de Turín, en el 432.

Así comenzó su vida de misionero. En el condado de Meath convirtió al primer irlandés y al bautizarlo le puso por nombre Benigno. En el condado de Down se produjo el milagro de quedar paralítico el brazo de Dichu, cuando se proponía asesinarlo. Tuvo altercados, al estilo del profeta Elías, con los poderosos druidas de Tara, que eran expertos en magia: no consiguieron apagar la hoguera de Patricio y quedaron consumidos por su propio fuego sagrado, ante el pueblo y el rey. También dicen –y así aparece como elemento iconográfico– que expulsó de la isla las serpientes venenosas, símbolo del paganismo. ¡Portentos para que el cristianismo triunfase en Irlanda! Por fin, en el año 444 pudo construir la primera iglesia-catedral que le sirviera de sede en Armag, y al final de su vida dejó Irlanda sembrada de monasterios, poblada de templos y bien dotada la estructura con más de 350 obispos y 2000 sacerdotes.

Fue difícil aquella evangelización primera. Las leyendas hablan de peligros de todo tipo, de estar prisionero, de intentos de asesinato y no podía faltar la lucha contra el demonio. Ciertamente, nada de eso pueda demostrarse, pero algo de ello debió de haber. Lo pintan destruyendo árboles sagrados, y poniendo cruces en los caminos y fuentes donde se realizaban odiosos cultos paganos. La oración, el ejercicio de la paciencia y su afán personal por superar todo tipo de obstáculos llevaron adelante el intento. Pero, por encima de todo, la señal de la cruz fue su principal arma; en ella veían los paganos, y hasta los cristianos aún no desenganchados totalmente de su idiosincrasia, algo tan grandioso –casi mágico– ante lo que no podían menos de rendirse.

Subrayan los antiguos relatos que tuvo la prudencia de granjearse la amistad de los jefes, de contar con su asentimiento y de obtener sus permisos para las iniciativas apostólicas; también decidió muy pronto sacar curas indígenas, para evitar que los que se bautizaban dependiesen de manos extrañas. Muchos de ellos fueron hijos de los jefes e incluso ordenó para su presbiterio a antiguos druidas, siempre constándole de su vida ejemplar y recta doctrina.

Dice la tardía Vita del siglo VI que su predicación era siempre sencilla y que solía tomar ejemplos de la misma naturaleza para que sus oyentes entendieran; que dejó como herencia a los fieles la oración larga y sencilla que hoy se llama ‘la Coraza de san Patricio’, con la convicción de que quien la rezara entraba en la Gloria, y que influyó en las leyes civiles quitando lo que en ellas había de inhumano o torcido, al tiempo que las informaba del espíritu cristiano, potenciando todo lo bueno que en ellas encontró.

Se tienen por obras suyas la Confessio y la Epistola ad Coracticum.

Murió el 17 de marzo del 459; pero aún en este dato hay abundante discusión entre los investigadores. Se le dedicó la catedral de Dublín –hoy protestante–; pero tanto ellos como los católicos llevan con orgullo su nombre y así se desparraman por el mundo, sabedores de que el santo nacional Patricio fue el primero de los bienhechores del pueblo irlandés y quien sentó las bases de su estructura. La abundante emigración irlandesa debió de ser también la responsable de que la catedral de Nueva York –esta vez, católica– esté dedicada a su nombre.

Los irlandeses unieron tanto la persona de san Patricio a la fe cristiana, que le unen también a Jesucristo Juez, cuando venga a pedir cuenta a los irlandeses al final de los tiempos. Quizá lo haga por delegación. Fuente ARCHIDIÓCESIS DE MADRID

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