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¡Ay, Pablo! Cómo puedes ser tan cursi. Los comentarios de El Diestro

En un divertido y agudo artículo impreso en la última página de la Razón del lunes, 6 de febrero de 2017 escribe Ussía sobre la hiperbólica hipercursilería de un Pablo Iglesias dispuesto a presentarse con esmoquin a la Gala de los Goya del cine español adornándolo con una más que finolis: “Vestir de esmoquin es un gesto de doblar la rodilla ante los "trabajadores de la cultura”, que es ya la guinda del pastel del manual del cursi. Ahora resulta que entre las glamurosas puede incluso hasta haber una ladronzuela de joyas, pero ese es otro tema. Así que sigue comentando Ussía, con total acierto, y será verdad porque es un periodista bien informado, que cuando se trata de presentarse en la Zarzuela ante el Rey llega con pantalones tejanos y camiseta sudada; teniendo después el personal de Zarzuela que verse obligado a tirar de ambientador para “liberar el ambiente de hedores calculados”. Tampoco se corta el campeón de ir de la misma guisa al Congreso, con su uniforme de perroflauta bien encorsetado junto a sus compañeros disfrazados de “espantapájaros de diseño”. Según Ussía, “las sentencias de Iglesias rozan la más elementalidad intelectual primaria”. Y no es porque lo diga Ussía, que afirma guardar un carpetón de frases de Iglesias donde compagina su acercamiento a los cisnes nadando en un estanque azul con narcisos y nenúfares con fuentecita y surtidor en medio y pececitos rojos paseando con la… que me voy… donde compagina su cursilería con sus deseos más íntimos de admiración a sus grandes héroes asesinos. Nadie ha asesinado mejor que Stalin, que también tenía su puntito de cursilería llamando “muñequita mía” a su hija. Cuando con los jemeres rojos se radicalizó incluso lo que era el comunismo de manual con la destrucción de la civilización urbana en Camboya y el exterminio de cualquier vestigio de cultura, consideradas burguesas, intentaron la reconstrucción social desde los orígenes de la civilización y la recuperación de la cultura jemer ancestral, bajo la dirección de Pol Pot. Y en este punto uno ya no sabe quién fue más malo: si Stalin o Pol Pot. Quizá un Hitler ha sido quien más nos ha impresionado porque tuvo la audacia de cometer sus crímenes en Europa; y la URSS o Camboya nos quedan mucho más lejos. Lo que si es cierto es que este pobre hombre dice a sus incautos votantes querer cambiar el mundo porque resulta que este siglo XXI ha tenido la gran fortuna de ser el siglo cuando ellos (Iglesias y los suyos) interactúan como líderes políticos, y todos los que les precedieron no tenían ni puta idea. De ahí los lloriqueos por sus abuelos, cuyo bando ni se sabe. Pero de cara a la galería, aunque hayan sido capitanes de intendencia del ejército franquista, fueron todos asesinados por los vencedores franquistas. De haber estado ellos en nuestra Guerra Civil la Segunda Guerra Mundial ni hubiese sido necesaria y España hubiese trasladado el comunismo más recalcitrante a Alemania, que era para quienes en primera instancia Marx había pensado debía primero funcionar semejante experimento sociológico. Y entonces,  Pablo Iglesias se sienta con unos periodistas en el suelo del Congreso como los harían esos pobladores primigenios, ¿para hablar de cosmogonías políticas e ir a los orígenes de la tribu?, bendito sea. Así lo hicieron también los jemeres rojos, benditos sean también. No sé si hablaría con esos periodistas en perfecta comunión con la naturaleza de la alfombra roja sobre acabar con toda urbanidad con urbanitas incluidos, que es lo que aparenta esa falta de urbanidad y respeto hacia sus votantes y los representantes de los políticos (ya sabéis que la sociedad civil carecemos de representantes). Solo le falto el pequeño detalle de encender un fuego en medio de la sala y apagar las luces, para joder a las eléctricas mientras él no llegue a formar parte de un grupo directivo de una compañía energética como un Arsensio Fernández que se precie.

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