#DecíamosAyer EL NACIONALISTA, LA RANA, EL ALACRÁN, LA VÍBORA Y EL PASIEGO

Había una vez una rana sentada en la orilla de un río, cuando se le acercó un escorpión que le dijo: —Amiga rana, ¿puedes ayudarme a cruzar el río? Puedes llevarme en tu espalda… —¿Que te lleve en mi espalda? —contestó la rana—. ¡Ni pensarlo! ¡Te conozco! Si te llevo en mi espalda, sacarás tu aguijón, me picarás y me matarás. —No seas tonta —le respondió entonces el escorpión—. ¿No ves que si te pincho con mi aguijón, te hundirás en el agua y como yo no sé nadar, también me ahogaré? Tanto insistió el escorpión que al fin la rana accedió. El escorpión se colocó sobre la resbaladiza espalda de la rana y empezaron a cruzar el río. Cuando habían llegado a la mitad del


trayecto, en una zona del río donde había remolinos, el escorpión picó con su aguijón a la rana. La rana sintió el fuerte picotazo y cómo el veneno mortal se extendía por su cuerpo. Y mientras se ahogaba, y veía cómo también con ella se ahogaba el escorpión, pudo sacar las últimas fuerzas que le quedaban para preguntarle: —No entiendo nada… ¿Por qué lo has hecho? Tú también vas a morir. Y entonces, el escorpión la miró y le respondió: —Lo siento ranita. Es mi naturaleza.
...
Llegado el invierno, un labrador encontró una víbora helada de frío. Apiadado de ella, la recogió y la guardó en su pecho. Reanimada por el calor, la víbora, recobró sus sentidos y mató a su bienhechor, el cual, sintiéndose morir, exclamó:
   
-¡Bien me lo merezco por haberme compadecido de un ser malvado!  Esopo

Dicen que la importancia de las cosas está en el detalle y en lo simple. Y bien hubieran hecho los padres de la patria en fijar su atención en estas dos fábulas de Esopo, porque la evidente moraleja de ambas lleva inspirando la historia de nuestro país desde los tiempos de la transición hasta llegar a la partitocracia actual. Si los diseñadores del invento autonómico esperaban la domesticación de los nacionalistas a través de la concesión y el agradecimiento erraron ampliamente en sus previsiones. Lo más lógico, como en el caso del escorpión, es que acabáramos todos sucumbiendo al instinto del alacrán como le ocurrió a la errada y confiada rana. “Está en mi naturaleza”, contesta el escorpión con toda honestidad, - virtud que hay que reconocerle al animalito, ya que es la rana quien se empeña en permanecer engaña - El alacrán se limita a convencerla para que le ayude a cruzar el río con una evidencia: “si te pico yo también me ahogaré". Tampoco ERC han deludido jamás a nadie sobre sus verdaderas intenciones y objetivos generales. Por eso, no estoy de acuerdo con el Sr. Aznar cuando en un discurso reciente comentó que los nacionalistas habían sido desleales. Muy al contrario, depende de qué nacionalistas. Algunos han sido totalmente fieles a su programa, y si hubieran hecho lo contrario es cuando se les podría haber tildado de apostasía. Ya quisiera yo que a quienes voté hubiesen guardado la misma observancia conmigo que esos nacionalistas "desleales"

Los otros partidos nacionalistas ya son harina de otro costal - coincidiendo más acertadamente con la segunda fábula; cuando se hallaban debilitadas en el pleno inicio de la transición la Constitución las acogió en su seno, como hizo el labrador con la víbora. Y ellas se comportaron como damiselas de novela rosa- de esas que dicen no cuando están queriendo decir sí- De las del sí pero no, y no pero sí. Los de con la puntita nada Mas.

Eran los de las de la ambigüedad calculada y agazapada solo en función del beneficio. Y ya lo recuerda el dicho: “del agua mansa me libre Dios que de la brava me libro yo”. En fin, que desde el momento en el que se han considerado suficientemente fuertes y recuperadas al calor del labrador, o sea, de las autonomías, ¡zas!, inyección de veneno al canto. Y peor todavía, han actuado cuando ese labriego estaba más vulnerable y debilitado por la enfermedad, que tamaña felonía no se atrevió a plantearla ni Esopo - es decir - cuando Cataluña junto al resto de España (no Cataluña y España como entes separados) están pasando por uno de sus momentos más dramáticos y penosos con dos crisis a las espaldas: la causada por ZP más la global. Pero no olvidemos que también formaba parte de la naturaleza de la serpiente matar a su protector. De ahí que más nos valdría que mejor hubieran leído a Esopo esos padres de la patria, especialmente antes de redactar la Constitución tal como parece que lo hicieron - a pecho descubierto - y con una malévola inocencia más bien en sintonía con el país de Nunca Jamás; a tenor de nuestra historia reciente y los nubarrones hacia donde apuntan la tormenta secesionista en este momento.

Es fácil - lo sé - interpretar los hechos a toro pasado, pero por lo menos hasta Peter Pan debería haber perdido ya la inocencia a la luz de los recientes acontecimientos. Y al no constatar reacción de tipo alguno por parte de quien nos gobierna es entonces el momento en que  empiezo a alarmarme:

Cuando algo va mal debe acometerse el origen del problema e intentar solucionarlo, pero yo no veo a los políticos con ganas de rectificar las verdaderas causas; la raíz esa la profunda crisis por la que estamos pasando - incidiendo trágicamente con extrema virulencia en la población más débil - 

Tampoco me atrevo a criticar si la solución más acertada para salir del paso es pagando la deuda o adoptar una salida a la islandesa; y si la forma de liquidarla pasa por los recortes que está llevando a cabo nuestro presidente Rajoy; pero sí me preocupa que lo que jamás me aparece en el tapete de la discusión política en ningún lado - completamente missing -, excepto en los foros de las redes sociales y algún e-diario independiente, es todo aquello que sopese la relación causa-efecto. La causa debería ser siempre el quid de la cuestión, no el parchear los efectos sin atajar el germen que los ha ocasionado. En definitiva, nuestros no representantes y su artillería mediática están centrando la atención en los síntomas, sin diagnosticar ni preocuparse aparentemente del origen y curación de la enfermedad.

Y de esta forma voy rebobinando la película llegando incluso a plantearme si las autonomías se crearon con la suficiente buena intención o bajo la sombra de oscuros intereses; o bien si hubo un poco de todo - dependiendo de quienes fueran los actores -. Nos vendieron oficialmente que la transición había sido fruto de un ejemplar acto de reconciliación, ante el mundo y especialmente los mismos españoles, por el peor fracaso en el que puede caer una sociedad – una guerra civil -. Los vencedores sacrificarían generosamente su victoria en aras de un nuevo futuro democrático y los vencidos sacrificarían sus pretensiones, aspiraciones, y ¿por qué no? sus ansias de revancha. Pero los acontecimientos del último decenio me hacen sospechar que ni la pócima ni el tiempo lograron cicatrizar las heridas… la triste verdad es que esa parte del plan ha fracasado y hay que corregirlo, si se puede. No habría nada dramático en intentarlo si se hiciera para mejorar las perspectivas de control democrático; de separación de poderes y demás factores que conforman la perfecta receta democrática. Y como falló esa receta falló también el remedio, ya que los ingredientes básicos los constituyen la separación de poderes y un control ciudadano muy eficiente de los políticos y su gestión. Creo que estas deberían ser las reglas básicas cuyo acuerdo estaríamos todos los ciudadanos dispuestos a aceptar a estas alturas de la película, fueran cuales fueran los viejos rescoldos y miserias.
No cabe duda de que una democracia bien instaurada no es el sistema perfecto, pero constituiría el mejor factor de corrección - nuestra piedra filosofal -. También hay que valorar que aparte de una dramática crisis económica y de valores nos hemos visto obligados a convivir con el horror de tres tipos de terrorismo: ETA, GRAPO e ISLÁMICO, que han añadido muchos muertos, víctimas - todavía clamando justicia - y sufrimiento. Hemos tenido que capear el vendaval de una ley de la memoria histórica – memoria muy selectiva desde mi punto de vista -, y un nacionalismo visceral capaz de avivar las frustraciones de una quimera. Y para finalizar consideremos también que cuando arribó al escenario un nuevo oficio – el de político – , surgió un grupo que acabó por convertirse en nueva casta de dirigentes - con aciertos pero con gravísimos errores -. Entre ellos y el principal, el de que nos hicieron perder la democracia por el camino. Esa democracia que todos nos prometimos hay que retomarla. No podemos dejarle este lío a las futuras generaciones.

Si lo que se diseñó durante la transición fue un plan de futuro para todos los españoles esta sociedad está al borde del fracaso. Solo falta un pequeño empujón hacia el lado del abismo para que nos precipitemos en caída libre y sin paracaídas; o bien, un esfuerzo colectivo en sentido contrario todos a una como en Fuente Ovejuna. Ese rescate colectivo nunca debería ser fruto de experimentos federalistas, que instaurarían a perpetuidad nuestros viejos problemas ya conocidos, por todos, de despilfarro y corrupción en las fallidas autonomías - ya tenemos la experiencia, no gracias -. Si nos engañan la primera vez es culpa del que miente, pero la segunda ya seríamos nosotros los responsables. Claro está, que si por el contrario no vivo de mi talento y en cambio sí de la subvención, dentro de mi mediocridad, evidentemente, continuaré reclamando un federalismo del tipo que sea y la subsiguiente perpetuación del sistema actual de prebendas. ¡Menudo chollo sería! - poder continuar con lo mismo pero bajo la protección total de una estructura de estado -. Por el contrario, el sentido común me dicta que la solución que nos interesa a los que vivimos de nuestro talento y esfuerzo pasa inevitablemente por instaurar una democracia de verdad, volver a reorganizar lo que tenemos logrado hasta ahora – políticos y no políticos, en un esfuerzo común -; porque la gravedad de la situación así lo requiere - desmantelar las autonomías, unificar nuestra nación y consensuar un nuevo pacto organizativo más eficiente y barato refrendado por todos los españoles. La unión hace la fuerza.

Democracia, democracia y más democracia serían la receta; pero de la de verdad. No de la farisaica que sesga a los electores consultando solo a la parte que les conviene, como hacen los nacionalistas. Eso no es democracia, no gracias -por más que te la vendan como tal-. La constitución que se aprobó marca el camino y permite lo que en estos momentos es ya una cuestión de determinismo ambiental - o nos adaptamos o morimos -. El acierto de dejar abierta esa posibilidad de rectificación sí que hay que reconocérsela a los padres de la patria. Eso lo hicieron bien...
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