La eutanasia, por Asun Blanco



Morirse es caro. Caro y doloroso. Y los enfermos se resisten a morirse. Se enganchan a la vida como los esnobs a la coca. Y los que les rodean consumen sus fuerzas y la seguridad social, el dinero en medicina paliativa, en respiración artificial, en alimentación intravenosa, en colchones de agua. Y al final es una pantalla oscura. Tan fácil que es desconectarlos del oxígeno que los mantiene en vida, enviarlos a casa porque no hay camas en el hospital, que mueran tranquilos, dignamente. Sobre todo que no sufran más. Y que nos dejen en paz. Son demasiadas horas al lado del enfermo. Demasiados días. Demasiados años a veces. Cogerle la mano muchas veces para que sepa que no está solo es poco terapéutico. Un hombre se merece algo más. Pasar las noches en blanco pasándole una esponja húmeda por la boca para calmar su sed mientras su respiración se acaba lentamente, es absurdo. Decirle al oído que estreche la mano si oye las palabras de esperanza de los que quiere, es un sentimentalismo tan estéril que solo son capaces de hacerlo personas atávicas. No hay duda: el sufrimiento es inhumano. Y sobre todo, caro e improductivo. Las sociedades avanzadas ya no lo contemplan. Se ha llegado a la perfección de la raza: cuando el cuerpo no sirve para nada, hay que destruirlo. Como las lavadoras y los coches. Compensa cambiarlo por otro nuevo. Sale más cara la reparación. Compensa la eutanasia. Sale más caro el dolor y es estéril.

Claro que los griegos, aquellos hombres incivilizados, no pensaban lo mismo. Recuerdo el Laocoonte. De lejos. Que es cuando los recuerdos son más nítidos. Aquel sacerdote, agarrado por dos serpientes, con la posición del atleta para llegar a la meta, hacía un esfuerzo sobrehumano. Los músculos contraídos. A punto de estallar las venas. La mirada fija en algún punto incierto. La respiración forzada. En cámara lenta cada movimiento de su cuerpo. La agonía del atleta, no para ser el primero, sino para llegar. No se le ahorraba ni un minuto de sufrimiento que era un triunfo sobre la debilidad humana, cuando las fuerzas físicas fallan. Queda el triunfo de la dignidad: morir esperanzado.

Los griegos creían que el sufrimiento hacía más humanas e inteligentes a las personas. Pero los griegos eran incivilizados. No hace falta más que ver al Laocoonte. De lejos. No sea que si nos acercamos, nos conmueva su sufrimiento y se nos ocurra pasarle una esponja por la frente para secarle el sudor. O decirle al oído una palabra de ánimo. Inhumano y absurdo. Que caiga antes de llegar a la meta. ¿De qué sirve si no ha de ser el primero? Es desagradable ver al Laocoonte luchar contra las serpientes. Por eso me he quedado atónita cuando me he enterado de que Podemos quiere legalizar la eutanasia. El argumento es definitivo: los muertos no votan. Los enfermos terminales tampoco. Nadie decide su voto.


Asunción Blanco de la Lama
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