Francia se prepara para lo imposible, ahora posible

PARÍS — Ahora lo sabemos.
Ahora sabemos de las derrotas sorpresivas en las elecciones, las predicciones erróneas y las encuestas poco confiables, la suposición ciega de muchos de nosotros en los medios de que los electores tendían a pensar como nosotros.

Sabemos que una mayoría de electores británicos decidió que su país debería abandonar la Unión Europea, sabemos que Donald Trump fue electo presidente de Estados Unidos, sabemos que Geert Wilders —el candidato populista al que le gusta llamarse “el Trump holandés”— muy seguramente resultará ganador en la elección parlamentaria de los Países Bajos que se celebrará la próxima semana. Sabemos de la indiferencia al Estado de derecho del gobierno polaco nacionalista.

Y también sabemos que la posibilidad de que Marine Le Pen sea electa presidenta de la República de Francia el 7 de mayo, ya no es imposible.

Es cierto, todos los cálculos racionales tienden a probar lo contrario: ¿Acaso el sistema electoral francés sabiamente no cuenta con una pausa de dos semanas para que sus electores piensen con la cabeza fría entre la primera y la segunda ronda? ¿Acaso no tenemos una tradición de sumarnos al candidato “demócrata” al final, como lo hicimos en 2002 cuando Jacques Chirac se enfrentó al padre de Le Pen, Jean-Marie, en la segunda ronda? ¿Acaso el techo irrompible de cristal no es de 50 por ciento de votos para un candidato extremista?

No obstante, los cálculos racionales ya no engañan a nadie. No estamos en tiempos racionales. A medida que transcurren las semanas y los meses, el veredicto de Le Pen sobre la victoria de Trump sigue acechando a algunos de nosotros: “Lo que parecía imposible”, dijo el 9 de noviembre, “ahora es posible”.

Ahora nos estamos preparando para lo imposible posible. “La amenaza es real”, reconoció públicamente el presidente François Hollande por primera vez el fin de semana pasado, cuando le pregunté en una entrevista si la victoria de Le Pen acabaría con el proyecto europeo. “Pero Francia no se rendirá”.

¿Y resistirá? Estamos ante una campaña francesa como ninguna otra. Todos los patrones políticos que se establecieron desde 1958, cuando se adoptó la presente constitución, se han venido abajo. El Frente Nacional ha sido un elemento fijo de la política nacional durante 40 años, pero su candidato a la presidencia nunca antes había estado a la cabeza de manera consistente. Hoy, ninguno de los opositores de Le Pen dudan que ella llegará a la segunda ronda; de hecho, ya ni siquiera se le enfrentan. Están peleando entre ellos para ganar el segundo sitio el 23 de abril, a fin de tener posibilidades de vencerla en la segunda vuelta.

Nunca antes había sucedido que un presidente francés decidiera no contender a la presidencia para un segundo término, como lo hizo Hollande en diciembre, reconociendo su popularidad históricamente baja. Nunca antes todas las figuras de la clase dirigente de la vida política francesa habían quedado fuera de una forma tan contundente en las elecciones primarias, como las que enviaron a Nicolás Sarkozy al retiro y acabaron con las ambiciones tan conocidas de Manuel Valls. Se ha creado una nueva palabra para esta tendencia implacable: “le dégagisme” (“dégagez” significa “para afuera”). Luego de evaluar la sed de renovación de los votantes, un asombroso número de legisladores —casi una cuarta parte de la actual Asamblea Nacional— no contendrá a la reelección del parlamento en junio.

Mientras Le Pen toma la delantera con plena confianza, sin salirse del guion y ganando terreno entre las mujeres, los agricultores y los electores desilusionados de la clase media, el partido dominante de derecha ofrece el espectáculo más desconcertante que se haya visto alguna vez en una elección. Confrontado con acusaciones de que dio trabajos falsos a su esposa e hijos para cobrar cerca de un millón de dólares de la nómina del Parlamento, François Fillon, el exprimer ministro conservador que ahora es el candidato republicano, ha dejado de hacer campaña. Gasta toda su energía en luchar contra esas acusaciones y prometer una y otra vez que seguirá luchando.

Las negociaciones secretas relacionadas con los barones de del partido para buscar un candidato alternativo fracasaron y tampoco lograron convencer a Fillon de renunciar. Los asesores experimentados y los políticos aliados han desertado. Cada vez más desesperado, se ha enfrentado a los jueces que investigan su caso, acusándolos, junto con la prensa, de realizar “un asesinato político” y tratar de “acabar con la elección presidencial”. Francia, alega, está en un estado de “cuasi guerra civil”.

Así que Marine Le Pen puede quedarse tranquila: Fillon trabaja para ella. Ella tiene preocupaciones judiciales propias por los trabajos falsos de asistentes del Frente Nacional en el Parlamento Europeo, pero ¿a quién le importa cuando se le presta tanta atención a su contrincante?

El partido de la derecha tradicional solía ser la máquina política bien afinada e implacable de Sarkozy. Ahora parece un edificio en ruinas de una zona de guerra. Como diría Trump: es un desastre. Le encantaría.

En cuanto a la izquierda, pensando en la crisis de partidos socialdemócratas en Europa, está tan dividida y débil que podría no llegar a la segunda ronda. Los ambientalistas han desaparecido como fuerza política. Si hemos de creer en las encuestas, el candidato que tiene mayores probabilidades de enfrentar a Le Pen en la segunda ronda es Emmanuel Macron, de 39 años, quien no representa a ningún partido político y nunca ha ocupado un puesto de elección popular.

Este carismático exministro de economía y otrora banquero de inversiones de Rothschild no surfea en la ola “progresista” de derecha ni de izquierda que está atrayendo a los electores que están a favor de la Unión Europea, la globalización y que están desencantados con los partidos de la corriente dominante, pero se oponen con firmeza al auge del populismo y el nacionalismo. Su agenda reformista, obstinadamente a favor de Europa, y “radicalmente transformadora”, como la describe, enfatiza la responsabilidad personal mientras ayuda a los trabajadores a adaptarse a la economía globalizada. En este caótico paisaje político francés de 2017, una división nacionalista-internacionalista parece rebasar la contienda tradicional entre la izquierda y la derecha.

Esta es la gran batalla política del cuerpo y alma de Europa. Ahora que se acerca el sexagésimo aniversario del Tratado de Roma del 25 de marzo, el documento fundacional de la unidad europea, los socios de Francia en la Unión Europea están ansiosos, observando cada paso de su campaña. En Berlín, la angustia raya en el pánico: nunca antes la apuesta había sido tan grande para el futuro del proyecto europeo. La Unión Europea, menospreciada por el presidente estadounidense, atacada por Rusia, abandonada por Gran Bretaña, con Francia y Alemania como sus pilares, necesita reagruparse para iniciar de cero.

La elección francesa de una presidenta de extrema derecha y eurofóbica que promete abandonar la eurozona echaría por tierra ese sueño. El ministro de relaciones exteriores de Luxemburgo, Jean Asselborn, declaró a Der Tagesspiegel la semana pasada que la victoria de Le Pen llevaría “a la UE al borde del abismo”.

¿Francia detendrá la ola de populismo? De eso se trata esta elección. Algunos expertos ya están especulando si, en caso de que resulte electa la dirigente del Frente Nacional, será incapaz de hacer acopio de fuerzas para hacerse de la mayoría en el Parlamento en las elecciones de junio. El resultado más probable sería una “coexistencia”, en la que la presidenta Le Pen tendría que trabajar con un primer ministro y un gobierno de centroderecha o centroizquierda. En ese caso, los dos bloques tendrían que negociar para ceder en ciertos temas importantes; el primero sería salvar al euro.

Así las cosas. Como dice el dicho, esperemos lo mejor, pero preparémonos para lo peor.
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