Los estibadores insaciables hijos de algo

Opinión
No podemos afirmar que vayamos a comenzar nuestra andadura de hoy en el Diestro sin que falten motivos para aferrarnos a la verdad. Hemos publicado dos noticias contradictorias sobre si Urdangarín cobrará o no tres mil euros en compensación por la persecución mediática que le obliga a vivir fuera de España. Y en este punto la única verdad es que ambas han aparecido en distintos medios de comunicación. Y queremos, por ejemplo, saber también la verdad sobre los luctuosos acontecimientos que tuvieron lugar el 11M. En plena etapa del gobierno de Zapatero, en 2004, el conflicto en los astilleros no se había solucionado, a menos que por solución los socialistas optaran cambiar lo que fuese para que nada cambiase. La desinformación a la que la sociedad civil está sometida continúa siendo acosadora. Y como siempre, cuando los medios quieren aparentar información veraz el baile de macrocifras ininteligibles para el ciudadano medio aparece insistente en los medios. Cifras, que por cierto, nadie es capaz de discutir y que debemos creer como dogma de fe.

Y en esta ocasión entra en la palestra la rémora de unos privilegios desorbitados disfrutados por los estibadores. Y estos privilegios han continuado hasta que la multa impuesta por Bruselas, según Antena 3 es de 27,522 euros diarios desde el 11 de diciembre de 2014, día de la sentencia, por lo que asciende ya a casi 23 millones de euros.


Lo que también nos ha llamado la atención es que dichos privilegios daten de la época del franquismo, que para lo que conviene nos agarramos al franquismo y para lo que no conviene echamos pestes de esa época histórica. Y este hecho si es verdad porque cuando un grupo de trabajadores toma como rehenes a la sociedad civil lo que está cometiendo es una cacicada. Así lo hicieron los del Metro de Madrid durante sus huelgas, así lo hicieron los del taxi, los de RENFE y los aeropuertos en momento de vacaciones y gran afluencia de viajeros, y así lo están haciendo los trabajadores de la estiba.

Fue precisamente Cicerón, el genial orador romano del siglo I a. J. C., quien apuntó que la historia es maestra de la vida. La historia de las cacicadas se repite en España y los rehenes de esos caciques somos, como siempre, la sociedad civil. Que los ciudadanos nos tenemos que rascar el bolsillo para pagar unos privilegios de los estibadores tan obscenos como el de los políticos, pues a pagar. Que nos multan por saltarnos la normativa a la torera, pues a pagar, que no llegamos a final de mes, problema nuestro. Pero el estibador, hijo de algo, piensa en el yo, yo, yo, y lo que sobra, para mí. Ya les pueden ofrecer jubilaciones anticipadas de ensueño para el resto de los españoles. Sus ensoñaciones llegan mucho más lejos. El hijo de algo es insaciable. El cacique es casta, piensa como casta y una de las características de la casta es que los privilegios son hereditarios. Aquí no intervienen para nada cuestiones como el mérito, la capacidad o el esfuerzo. Lo que entra en juego es la herencia sin más valía que el de haber nacido en la cuna correcta y el momento correcto. Ya se sabe, el caciquismo viene de cuna y forma parte de las raíces de la España profunda, y estas forman una maraña en nuestra historia negra como sociedad. Este hecho fue magistralmente descrito por Cervantes. Cervantes no solo acabó mediante una novela de caballería con todas las novelas de caballería, sino que dio un mensaje mucho más profundo sobre una España decadente en lo social y económico, pero que paradójicamente brilló en las letras como nunca- la España del Siglo de Oro -mantener a los hijosdalgo o hijos de algo era la verdadera locura y, de ahí que Don Quijote permaneciese en su locura hasta el momento de su muerte, que es cuando recupera la cordura. Esa España de los hijos de algo se mantiene vigente y no existe mejor ejemplo actual que el de los estibadores. El punto de la subrogación, es decir, que la empresa que venga a competir en el mercado libre tenga que comerse con patatas a los estibadores junto a sus privilegios es lo que aquí está en solfa. Esa España profunda que se resiste a morir para, como Don Quijote, recuperar la cordura y sintonizar de una vez para siempre con una sociedad del siglo XXI es lo que está en solfa. Cuándo acabaremos con los hijos de algo en esta España nuestra y lo sustituiremos por los capaces de hacer algo por mérito propio.

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