¿Cómo combatir las falsedades del género?



La evolución de la búsqueda de una identidad femenina: De izquierda a derecha, vemos a la extraordinaria fuerza de la naturaleza que fue Sylvia Warner Townsend, de que se ha recuperado «Lolly Willowes». A su lado, una todavía joven Joan Didion, que Random House acaba de recuperar su clásica novela «Según venga el juego». Por último, el más reciente fenómeno, la humorista y escritora británica Bridget Christie, de la que Anagrama acaba de publicar «Un libro para ellas».



No hay ninguna duda de que Coco Chanel era una mujer. No hay historiador que lo niegue, ni biógrafo que haya encontrado pruebas de lo contrario. Uno encontró un guante con un botón, pero no supo ver que significaba. En definitiva, Coco Chanel era mujer, una brillante, inteligente y creativa, pero también algo agria, pero oye, cada uno es como es. «Una chica debería ser sólo dos cosas: qué y quién quiera ser», dijo la diseñadora en una de sus aforismos más célebres. ¿Chanel era una mujer porque cumplía estas dos facetas? Desde luego, fue siempre lo que quiso y quién quiso ser. ¿Esto quiere decir que las mujeres que no lo son no son mujeres? Esta pregunta es la más relevante a la hora de plantearse el feminismo contemporáneo. Dicha en otras palabras, ¿el género es relevante o ha de ser relevante en cuestiones de identidad?

La respuesta hoy día parece ser que sí, pero ¿debería serlo? En una sociedad todavía machista y patriarcal, parece obligatorio crear una fuerza equivalente para reaccionar al desequilibrio.¿Hay que crear ese contrapunto dialéctico basado en la diferencia identitaria bien definida, clarividente y, por tanto, fuerte? Y si la contraposición hombre mujer es un fenómeno dialéctico, ¿cuál puede ser la síntesis? ¿Seremos ángeles ambiguos en un futuro?

Suena extraño, pero sin la contraposición de dos identidades encontradas, no existe el deseo de tránsito entre una y otra, un tránsito tanto hacia la contraria como hacia la propio. El concepto binario es irrenunciable, porque el significado siempre depende del contrario. No hay algo así como sentido único, eso sólo es ruido. Todo significado se crea en relación. Es decir, sin ese deseo, no hay sexualidad, ni hetero ni homo, y si no hay sexualidad, nos convertimos en ángeles, y si nos convertimos en ángeles, pues ya no somos humanos, ¿no?. ¿Hay algo malo en ello? Ni idea, no h conocido nunca a un ángel.

Lo que está claro es que el ser humano parece basarse muy difinitoriamente por la contraposición de géneros. Pensemos en la transexualidad. Si no existiese este deseo de tránsito entre un sexo a otro, si no existiese un sexo bien definido al que dirigirse, al que desear, si el género no fuese clave en la identidad, entonces no habría posibilidad de que un hombre sintiese la necesidad de ser mujer o viceversa, porque no habría, simplemente, lugar a donde trasladarse, donde transexualizarse.

¿Seremos ángeles asexuados en el futuro? Si desaparece la identidad basada en el género, y por tanto basada en la sexualidad, por supuesto. En la semana del Día de la Mujer, mucho se ha discutido sobre las nuevas vías del feminismo, pero como decía Coco Chanel, todo se limita a dos cosas, las chicas sólo han de ser lo que quieran y quien quieran ser. Las editoriales parecen ahora muy interesadas en contraponer los grandes clásicos de lo que podría llamarse un canon feminista con las nuevas voces y cómo el deseo de ser qué y quienes quieran parece ser lo único en común.

La editorial Laertes acaba de recuperar uno de los textos más definitorios y subversivos de la necesidad, a finales del XIX, de alejarse de la imagen tradicional de la mujer. Charlotte Perkins Gilman escribió en «El paper de paret groc» sus propias experiencas de mujer lastrada por la insignificación y el desplazamiento psíquico. Convencida de tener que cumplir con el rol establecido, se casó para ser «un ángel del hogar» para acabar con un hijo con sentir tanto ahogo y depresión que acabó por enloquecer, ser un muerto viviente. Esta obra maestra, una genuina obra de terror gótico, pero más real que cualquier gema costumbrista, desnuda los riesgos de no luchar por ser, como decía Coco Chanel, qué y lo que quieras ser.

Otra novela de alto voltaje es «Lolly Willowes», de Sylvia Townsend Warner, hito de la literatura modernista inglesa de los años 20 del siglo pasado. Aquí nos encontramos con un escenario parecido al anterior. Tras la muerte de su padre, todavía soltera, Lolly Willowes se verá obligada a ir a vivir con sus hermanos, sólo para servir de trampolín para buscar su propio sentido vital y su búsqueda de la alegría. La evolución de este gran personaje es como unos fuegos artificiales. Cuando llegamos al final el clímax es extático.

Otra joya de la misma época que acaba de rescatar Alfaguara es «Toda pasión apagada», de Vita Sackville West, quien formaría parte de las reuniones del grupo Bloomsbury de Virginia Woolfe. En esta ocasión, y como las dos novelas anteriores, la liberación de la idea constreñida de mujer y la felicidad que esto conlleva vuelven a ser protagonistas. Una anciana ve como fallece su marido y en lugar de encerarse en el luto, decide dejar por primera vez libre toda su fantasía y vivir como a ella le apetezca, lo que incluirá reencontrarse con un rechazado amante de hace 50 años.

Estas mujeres liberaron a la mujer para que fuese qué y quienes quisieran ser. Ahora tocaba definir qué y quienes querían ser. Joan Didion consiguió acercarse a esta pretensión con «Según venga el juego» (Random House). La novela narra la deriva existencial de una actriz en los años 60 y cómo hará frente a una sociedad donde todavía prevalecen las necesidades masculinas, intentando desligarse de los falsos cantos de sirena de la liberación moral y sexual de la época. Otra obra maestra, ya dando un salto mortal hacia el post feminismo es «El hijo cambiado», (Alpha Decay) de Joy Williams. Escrita a finales de los 70, esta obra tan extraña y lírica como fascinante y reveladora nos habla de una mujer alcoholizada con un fuerte sentido de culpabilidad que se verá rodeada de unos extraños niños semisalvajes.

El humor parece ser la clave para acercarse a los nuevos modos de la mujer contemporánea de plantear su propio drama. Parece saber por fin lo que quiere y quién quiere ser, pero ve con desencanto que la vida sigue siendo difícil y estúpida. Anagrama acaba de publicar «Un libro para ellas», de la británica Bridget Christie, una hilarante forma de pagar cuentas pendientes, tanto con los hombres como con las propias mujeres, y ver que todavía hay mucho que hacer para conseguir esa igualdad, que no quiere decir ser idénticos.

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