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«Una mujer vino a reñirme a la consulta por haber recetado viagra a su marido»


«Con lo tranquila que estaba yo, doctor», recuerda Ernesto Serrallés, que acaba de colgar la bata de médico tras tres décadas

En una clasificación de las personas más respetadas y queridas en Oza dos Ríos, Ernesto Serrallés (Sada, 1951) ocuparía un puesto de podio. Este médico ha atendido a varias generaciones de vecinos de la localidad durante las tres últimas décadas. Acaba de colgar la bata tras cumplir los 65 y el pueblo le está preparando un homenaje para el próximo mes. Desde su modesta consulta ha hecho una profunda radiografía a este rincón de la sociedad rural gallega. Acumula mucha sabiduría por el continuo trato con la gente. Y anécdotas, por su puesto, miles de divertidas anécdotas.



-¿Se planteó continuar algún año más?

-No, estaba muy cansado y quemado.

-¿Qué es lo que más quema en su profesión?


-El contacto diario con el paciente. Lo haces muy personal. Cuando llevas 28 años conoces muy bien a la gente, a sus hijos y a sus nietos. Tienes una relación muy personal, y eso quema.

-Cuando surgió el anuncio de la fusión con Cesuras, ¿la gente lo comentaba en la consulta? ¿Les preocupaba?


-Sí, algunos creían que iban a eliminar el centro de salud de Oza dos Ríos, era su obsesión. Les preocupaba que les cambiaran de médico, que son muy reacios a cambiar.

-¿Ha recibido muchas dádivas?

-Sí, muchas.

-¿Y ha rechazado algunas?

-Recuerdo una vez una paciente que me ofreció cien euros y le dije que no, que ni de coña. «Me ofende usted, doctor», me dijo. Pero le expliqué que yo ya cobraba por mi trabajo.

-También le ha tocado entrar en muchas casas. ¿Qué análisis hace de la vida en el rural gallego?

-La cultura lo primero. Y hay muchas casas en que se respira miseria. Y he conocido gente que tenía mucho dinero en el banco y su casa era miserable, no tenía ni colchón, dormían encima de un jergón. Con más cultura se resolvería de otra manera.

-¿Repetiría como médico de familia o en una segunda vida intentaría trabajar en un hospital?

-No, el hospital no. Volvería al rural, es más independiente, más satisfactorio, no tienes un jefe visible y encima de ti.

-Anécdotas tiene que tener mil.

-Muchas vinculadas a la viagra. Ha dado mucho juego. Una vez me viene un caballero, me pide la viagra, se la receto. Una semana después me llega su esposa totalmente cabreada, vino a reñirme, me dijo que cómo se me ocurre recetarle la viagra, «con lo tranquila que estaba yo, doctor».

-Suena a contraindicación.

-En otra ocasión me vino una pareja mayor. Vi que ella se sentaba detrás de él, no al lado. Luego entendí por qué: cuando el hombre me pidió que le recetara viagra ella hacía gestos con los brazos para que no se la diera.

-Habrá sido una odisea trabajar en un centro de salud tan averiado: cinta americana en las ventanas, tejado mal acondicionado...

-En verano teníamos que aguantar 45 grados. Hicieron la cúpula de metacrilato. El centro está orientado norte a sur y el sol le pegaba todo el día calentando el metacrilato.

-¿Cuál ha sido el peor y el mejor día a nivel profesional?

-Sin duda el peor cuando estando en el PAC de Betanzos me entró un chaval de 9 años sin brazo, se lo había arrancado una máquina. El mejor fue cuando atendimos a una mujer a la que el parto le pilló en el coche camino del hospital. Cuando llegamos el niño ya había nacido y me tocó llevarlo en brazos en el viaje al hospital. Llevar un niño recién nacido en brazos es una delicia.

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