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Río de Janeiro se pudre tras los JJ.OO.







En esta piscina de la ciudad deportiva de Río de Janeiro Mireia Belmonte ganó su primer oro. Sólo seis meses después de los Juegos, la villa está en el abandono


La piscina en la que la nadadora de Badalona Mireia Belmonte consiguió su primera medalla de oro olímpico, el pasado 11 de agosto, es hoy un foso marrón atestado de insectos. El estadio de fútbol más grande del mundo, en el que nueve días después Brasil anotaba contra Alemania el penalti que le catapultaba a lo alto del podio, una instalación fantasma sin luz y con el césped reseco. Únicamente han transcurrido seis meses desde que Río de Janeiro culminó sus Juegos Olímpicos con una fiesta de fuegos artificiales –apenas cinco de la conclusión de los Paralímpicos– y la radiante ciudad deportiva erigida para la ocasión languidece en un estado deplorable de abandono.

ANTECEDENTES
Sarajevo y Atenas, otros cementerios de hormigón

El estado de abandono que presenta la villa olímpica de Río de Janeiro no es una excepción. 33 años y una guerra después, las instalaciones de Sarajevo en las que se midieron los mejores deportistas de invierno del momento se asemeja a un cementerio de hormigón. Aunque de construcción bastante más reciente, las que se levantaron para ‘Atenas 2004’ también han sucumbido al olvido. Rodeado por un descolorido graderío azul, el campo de béisbol se erige en metáfora amarga de una derrota social. Donde los peloteros cubanos saborearon la victoria, cientos de refugiados se guarecen de la frialdad de Europa doce años después. Con este reguero de complejos desguazados, el COI podría haberse propuesto «corregir su ideario para adaptar los Juegos a las ciudades y no al revés». Eso asegura Alejandro Blanco, presidente del Comité Olímpico Español y máximo responsable en su día del fallido ‘Madrid 2020’. «Es la filosofía en torno a la que giraba la candidatura española para acoger los Juegos ese año y la que destacamos cuando la presentamos, en 2013. No ganamos pero, al año siguiente, el COI la incluyó en su Agenda 2020», recuerda.

El periódico brasileño ‘O Globo’ se ha encargado de ilustrar la decrepitud del legado de ‘Brasil 2016’ a una exigua distancia temporal de su estreno. El resultado es lamentable: instalaciones vandalizadas y costosas construcciones deterioradas y llenas de suciedad. La decadencia consume la villa olímpica en la que las autoridades cariocas gastaron la escandalosa cantidad de 384 millones de euros en medio de una profunda crisis económica y de una fuerte contestación social. Despojado de sus acabados y patrullado por colonias de gatos vagabundos, del mítico Maracaná queda el eco de los goles coreados por los 95.000 espectadores que ocuparon sus gradas. Del flamante pabellón en el que el tiburón estadounidense Michael Phelps hizo historia al lograr cinco oros, agua estancada entre muros de hormigón, en un recinto inhóspito y mugriento con estructuras oxidadas y elementos rotos.

El Gobierno carioca atribuye el patético panorama, según ese diario local, al «proceso de desmontaje y mejora del equipamiento». El arquitecto que resultó ganador del concurso para diseñar el pabellón acuático, el catalán Quim Pujol, asegura a este periódico que, en cierta medida, la imagen de devastación que ofrece ahora esa instalación se debe, precisamente, a que «buena parte de ella tenía que ser reutilizable y, por tanto, desmontable». En el caso de las dos piletas, la de competición y la de calentamiento, que iban revestidas de paneles de acero inoxidable ensamblados, «me consta que se han demontado y aprovechado para otras edificaciones», afirma.

Esta circunstacia no explica, sin embargo, la degeneración que presenta el equipamiento, admite. «Duele verlo así, pero todo el mundo sabía que pasaría. Era algo más que previsible dado, por un lado, las dificultades económicas y políticas que atraviesa el  país y, por otro, que no es lo mismo que unos Juegos se celebren en Barcelona o en Sidney que en Brasil». Para evitar que esto se repita, el arquitecto, especialista en infraestructuras deportivas, cree indispensable una inversión de la filosofía que inspira las Olimpiadas, de manera que se evite la muerte por inanición de estos macro complejos. Esgrime como ejemplo Budapest, que «ha sabido adecuar un proyecto de ciudad ya existente para acoger en 2017 el Mundial de Natación».

Desde la Embajada de Brasil en España reconocen el abandono en el que se encuentran Maracaná y el pabellón acuático. Matizan, eso sí, que es «pasajero» y lo enmarcan dentro de «la complejidad que conlleva el largo proceso de concesión de su gestión al sector privado». «Lo mismo ocurrió con la pista de atletismo que se construyó para los Juegos Panamericanos de 2007 antes de que un equipo de fútbol se hiciera con su concesión», expone el diplomático carioca Rafael Vidal. Hasta la fecha, los dos concursos convocados allí para adjudicar la gestión de ambas infraestructuras han quedado desiertos. «Hay interés privado, pero la dificultad contractual reside en solucionar quién se hace cargo de los gastos anteriores», agrega Vidal.

La cosa es más seria. El estadio zozobra sobre un mar de fondo. Como el hijo de un mal divorcio, se encuetra en medio del fuego cruzado entre el Comité de Río 2016, responsable de la organización de los Juegos y asediado por las deudas, y Maracaná S.A., firma propiedad de la constructora Odebrecht, una de las autoras de su remodelación y protagonista del mayor escándalo de corrupción de la historia de Brasil.



Población desplazada

«Es una victoria de América Latina», festejaba pletórico el expresidente Lula, allá por 1999, cuando, en la recta final de su mandato, el Comité Olímpico Internacional (COI) anunciaba que Brasil sería la primera ciudad del subcontinente en albergar unos Juegos. Entonces, el país estaba en racha, a punto de erigirse en la quinta economía mundial. Y en plena borrachera de éxito, comenzaba el desmantelamiento de Vila Autódromo, el tranquilo pueblo pesquero situado a la orilla de Laguna de Jacaepaguá, al lado del circuito que recibe su nombre, para levantar la villa olímpica. Siete años después, con la curva de la economía en caída libre y un descontrolado sobrecoste en las obras, Río de Janeiro inauguraba el mayor acontecimiento deportivo sobre la Tierra con instalaciones inacabadas, en medio del colapso financiero y social y con los responsables del COI al borde del infarto. Terminadas las dos semanas de competiciones y apagadas las cámaras, la villa emprendía su declive en silencio mientras la atención se desviaba de inmediato a Tokio, su relevo para 2020.

Entretanto, las 600 familias que habitaban en el barrio carioca demolido en el nombre de ‘Brasil 2016’ engrosan la fea estadística de los Juegos, esa que sostiene que allí por donde pasan suponen la puntilla para los pobres. Un informe del Centro de Derechos de Vivienda y Desahucios de Suiza cuantifica en dos millones las personas que se desplazaron a la fuerza en las seis olimpiadas celebradas entre Seúl (1988) y Pekín (2008). Activistas cariocas cifran las reubicaciones de la última edición entre 70.000 y 90.000 ciudadanos. Nadie duda de las drásticas consecuencias socioeconómicas que acarrea el gran espectáculo del deporte, ni tampoco de su capacidad para convertirse en vehículo de renovación urbana. Eso sí, previo éxodo de la población y para enriquecimiento de las constructoras locales e internacionales que se reparten el jugoso pastel.

Desde la Embajada de Brasil prefieren poner el énfasis en las «tremendas» mejoras que los Juegos han reportado a la capital «para disfrute de la población, como la amplición del aeropuerto, la reforma portuaria, la ampliación del metro, la rehabilitación de los parques públicos... Río es hoy otra ciudad». Frente a las numerosas voces que arremeten allí contra el «dispendio» de ‘Brasil 2016’, asumen que «tal vez el COI deba reconsiderar en lo sucesivo las desmesuradas exigencias relativas a las infraestructuras para los atletas».

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