REFLEXIONES POLITICAMENTE INCORRECTAS ACERCA DE LA EDUCACIÓN EN ESPAÑA, por @LagartijaSoy

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#DecíamosAyer

Me veo en la necesidad de escribir este artículo tras haberse puesto de actualidad en los medios de comunicación la brecha padres-profesores  al hacerse pública una conversación de Whatsapp de un grupo de docentes. Al parecer, en esa conversación se vertían calificativos muy negativos acerca de algunos alumnos y sus familias. No voy a profundizar en ese tema en este post, aunque sí debo aclarar dos cosas:

1) Creo que en una conversación privada podemos decir lo que nos dé la real gana. Faltaría más.
2) Me repugna saber que un compañero de profesión sea capaz de escribir esas cosas acerca de los menores que tiene a su cargo, y de sus familias. Una cosa es pensarlo, o incluso verbalizarlo en un momento de alteración, y otra muy diferente plasmarlo por escrito, en frío. En este caso la intención es hacer mofa y escarnio de las personas de las que se habla, y eso implica un grado de maldad que deploro.


LOS CENTROS EDUCATIVOS

Dicho lo anterior, debo reconocer que muchos de mis alumnos se comportan como unos macarras, unos chulos y unos sinvergüenzas. He trabajado en los "peores" centros de mi región (soy una antigua y prefiero este concepto al de comunidad, qué se le va a hacer) y conozco muy bien el "percal". Mi especialidad es Orientación Educativa -soy "la psicóloga del cole"- y como la mayoría de gente sabe, nos toca siempre "bailar con la más fea". Antes de seguir adelante, debo aclarar que he optado voluntariamente por trabajar en esos centros y con ese alumnado. Prefiero desempeñar mi labor allí donde más me necesitan, que en centros en los que mi presencia va a quedar reducida a lo testimonial u ornamental.

Los orientadores somos profesores también, y damos clase, como el resto de profesores. Impartimos docencia a los "mejores" alumnos, que están en 1º o 2º de Bachillerato y en unos años serán médicos, arquitectos, ingenieros, psicólogos, farmacéuticos, filósofos, abogados... y también a los "peores", alumnos de programas especiales con necesidades académicas derivadas directamente de sus carencias personales, emocionales, culturales, económicas. Alumnos que provienen de entornos desfavorecidos y a quienes, además de enseñar lengua o matemáticas, hay que enseñar a hablar, a expresarse, a respetar, a convivir. Alumnos que nos llegan "en barbecho", a quienes en la mayoría de los casos nadie ha educado, nadie ha enseñado la diferencia entre el bien y el mal, entre lo que se puede y no se puede hacer cuando estás con otras personas. Pero entre unos y otros -entre los "buenos" y los "malos" existe una masa de alumnado, el alumnado medio que también carece de la urbanidad y de los valores que les permitirán desenvolverse adecuadamente en cualquier contexto.

La realidad de los centros educativos es la realidad de la calle. Existe una involución en los valores, que gran parte de la ciudadanía considera trasnochados. Los modales suenan a épocas pretéritas, y quizás en el inconsciente colectivo se asocian a una ideología determinada, a la época del franquismo de la que tan raudamente huimos, y en esa huida se nos han caído por el camino la educación, la vergüenza, la tolerancia, el respeto, la generosidad, la amabilidad, la empatía.




Si hace unos años el alumnado que llegaba al instituto era un alumnado con deseos de estudiar y prosperar en la vida, no ocurre lo mismo con los alumnos que llegan ahora. La mayor parte de ellos están en la ESO por obligación, no tienen perspectivas académicas, no abren jamás un libro o un cuaderno, son incapaces de aguantar una clase entera si interrumpirla, y ya que deben aguantar 6 horas en un lugar en el que no quieren estar, se procuran "entretenimientos" como el acoso a sus compañeros, el enfrentamiento al profesorado, las fugas, el tráfico de sustancias, etc.

Esta es la realidad de nuestros centros, realidad de la que no se habla porque es incorrecto hacerlo. Todos miran para otro lado; los centros, porque se avergüenzan de reconocer sus dificultades; la administración, empeñada en que aquí no pasa nada; las familias, porque les cuesta reconocer su fracaso como educadores; los profesores, porque es un demérito a su prestigio profesional reconocer que trabajan en esas circunstancias, que no tienen méritos suficientes para optar a centros prestigiosos, en los que el perfil del alumno es muy diferente.


EL PROFESORADO

La mayoría de profesores acudimos motivados a nuestro centro cada mañana, a pesar de saber lo que nos espera, porque quien elige una profesión así es alguien a quien le gustan los niños y los jóvenes. A la mayoría de los profesores nos gusta enseñar, nos gusta ver cómo evolucionan nuestros alumnos, nos gusta satisfacer su curiosidad y enseñarles cada día a ser mejores, a superar sus dificultades y a compensar sus carencias.

La mayor parte del tiempo "lo perdemos" enseñando modales, enseñando todo aquello que debieran traer aprendido de casa, y eso resulta descorazonador, pero sabemos que esa va a ser nuestra rutina diaria, porque las cosas no van a cambiar, y lo hemos aceptado. Muchas veces salimos frustrados de clase, porque hemos aparcado los sintagmas nominales o las ecuaciones de segundo grado para resolver un conflicto, una pelea, un robo, y vemos que debido a estos "accidentes" nos resulta imposible concluir el temario, y así curso tras curso.

La mayoría hemos reacomodado nuestro perfil profesional y sabemos que hoy en día un profesor es alguien que educa, que enseña, que media, que contiene, que anima.  Alguien que te explica la expansión del imperio romano al tiempo que te quita un cuter de la mano justo en el momento en que se lo ibas a clavar a otro en un ojo. Alguien que te pone un parte cuando al pedirte que tires el chicle a la papelera le respondes "chúpame esto o lo otro..." Alguien que llama a servicios sociales porque observa que demasiadas veces llegas sin desayunar al centro y tu aspecto físico indica que no recibes los cuidados mínimos.

Somos docentes-trabajadores sociales-educadores-seguratas; somos como las navajas suizas, todo-en-uno.





LAS FAMILIAS

Y estamos solos en ese camino, porque rara vez contamos con la colaboración familiar, y es lógico. Un alumno al que nunca han enseñando las palabras "gracias", "por favor", "usted", a dejar pasar primero al adulto, a levantar la mano para hablar, a permanecer sentado 50 minutos, es un alumno cuyos padres desconocen también esas palabras y comportamientos. Los valores de esas familias distan de nuestros valores y encontrar puntos de confluencia es tarea imposible en la mayoría de las ocasiones. Sus hijos, llamados habitualmente Kevin, Jonathan, Cristian, Aroa, Jenifer, Selene o Vanessa por poner unos ejemplos, quedan muy "graciosos" con sus crestas y sus mechas desde pequeñitos, con sus piercing de ombligo al aire y mostrando su desparpajo encarándose a todos en plan "aquí estoy yo y soy el más guay", pero cuando esas "prendas" llegan a la adolescencia, no son pocos los padres que no se hacen con ellos y recurren a quien haga falta, a donde sea, para que se hagan cargo de "lo" que ellos ya no pueden controlar.

Cada vez son más, y por pocos que sean son demasiados, los padres que ceden el cuidado de sus hijos a las autoridades, a los servicios autonómicos de protección a la infancia.

EL ESTADO

No contamos tampoco con la ayuda de la administración, de los gobiernos, que se pasan el tiempo diseñando leyes educativas que no sirven para nada y las sacan como churros. Una cada dos años, que hay que dar de comer a tanto parásito dedicado a la cosa educativa. Parásitos en el ministerio y las consejerías, en las universidades, en los sindicatos. Parásitos que escriben sobre educación sin haberse dedicado nunca a ella, que dicen lo que hay que hacer en las aulas y no han pisado una desde que salieron de ellas. Parásitos que no tienen ni zorra idea de lo que se cuece cada día en un espacio de 50 m2, con un adulto y 30 niños, durante una hora. A esos que quieren solucionar la educación, se lo voy a decir sólo una vez:

1) Los institutos no son escuelas. Los niños hasta los 14 años deben volver al colegio, son aún pequeños para estar en centros en los que van a convivir y a tomar ejemplo de otros mucho más mayores. Los alumnos de 12-14 años necesitan la organización, metodología y didáctica de la Educación Primaria. No pueden compartir tiempo y espacios alumnos de 12 años y alumnos de 25; alumnos de edades, razas, etnias, culturas y comportamientos tan dispares. ¿Clasismo? Considérenlo como quieran, pero sometemos a nuestros menores a riesgos innecesarios, precisamente en lugares en los que su seguridad y bienestar deberían estar garantizados.

2) La ESO es un fracaso absoluto, y cada vez más porque la educación comprensiva (todos estudiando lo mismo hasta los 16 años) es una falacia (podría poner "mierda", pero falacia queda más profesional y fino)

3) Programas profesionales a los 14 años. Muchos alumnos se nos pierden, fracasan y abandonan el sistema prematuramente, porque no encuentran salida a sus intereses y habilidades. A los 14 años deberían poder optar por FP o Bachillerato, como se hacía cuando nosotros teníamos su edad. Tampoco salió tan mal, la mayoría llegamos donde nuestros alumnos no llegarán jamás. Luego, tan mal no se hacía en tiempos pretéritos (con perdón, por acordarme de ellos)

4) Derecho de admisión y expulsión en los centros. Si tras nuestros desvelos no logramos "reconducir" a ciertos alumnos, estos deberían ser expulsados definitivamente, ya que suponen un peligro para el resto de compañeros, en primer lugar y para el profesorado, en segundo. Estoy hablando de alumnos violentos, que pasan el tiempo insultando, amenazando y agrediendo al resto. Y no son pocos, que lo sepa el lector.

5) Los centros deben ser lugares en los que exista una disciplina casi militar y todos deberíamos tenerlo claro. Esto no se va a arreglar con epistemología ni teorías constructivistas. Los alumnos deben tener claros los límites y las consecuencias de su transgresión. Las normas son la clave de la convivencia y si nos mostramos acomplejados a la hora de ponerlas en práctica, habremos perdido la batalla. Las aulas no son espacios de democracia; la democracia no es el mejor de los sistemas en cualquier situación, pero no sé si como ciudadanos tenemos la mente lo suficientemente lúcida como para entenderlo. Nuestros niños serían los primeros beneficiados al pasar la mayor parte de su tiempo en lugares seguros, en lugares en los que se va a defender a capa y espada su derecho a la educación.

6) Los centros necesitan más medios para resolver los nuevos problemas a los que se enfrentan. Reducción de las ratios, orientadores permanentes en centros de Primaria, trabajadores sociales y psicólogos educativos (figura diferente a la del orientador) en centros de secundaria, revisión de curriculos trasnochados, adecuación de optativas, oferta suficiente de carácter profesionalizador. Más ayudas para familias con necesidades, apertura de los centros al entorno, colaboración con instituciones y finalmente servicios de inspección y asesores que sirvan para algo, que colaboren con el centro y resuelvan problemas. Tampoco estaría mal que dejaran de exprimirnos con recortes, porque dar clases en invierno sin calefacción no es el mejor modo de contribuir a la calidad educativa.

No necesitamos nuevas leyes, la EDUCACIÓN lo que precisa es un cambio en la sociedad. Nada podremos hacer para mejorar si la cultura es imposición, si la educación no es un valor.
Nada podremos hacer si unos y otros no vamos a la par, si la sociedad en su conjunto no hace autocrítica y se replantea un cambio.
España debe cambiar en la política, la economía, la justicia y sobre todo en lo social.
En un país de pillos, ladrones y corruptos, resulta imposible educar.
Si lo que prima son los contravalores, si el prestigio viene de figuras como las que habitan las pantallas de televisión, si la estulticia, la violencia y lo soez son el modelo a seguir y el camino que eligen nuestros jóvenes -con la anuencia de sus familias-, todo está perdido.
Ni LOGSE, ni LOCE, ni LOE, ni LOMCE, basta de ya de siglas. Déjenlo todo como está escrito, y dejen de marear la perdiz. Comiencen por educar desde los medios de comunicación, practiquen la censura en la televisión, si es preciso.
Transmitan valores desde las pantallas, señores gobernantes, a ver si algo entra en las casas.




CONCLUSIÓN

No quiero concluir mi análisis de la situación sin aclarar que la mayoría de los profesores somos felices al dedicarnos a esta dignísima profesión y que luchamos cada día para que nuestros alumnos (a los que respetamos y casi siempre terminamos queriendo) aprendan todo aquello que van a necesitar para convertirse en profesionales capaces, personas buenas y ciudadanos responsables.

A veces, entre unos y otros nos lo ponen muy difícil, pero estamos acostumbrados a las dificultades, nos crecemos ante ellas y cuando un alumno "se nos revuelve", no tenemos inconveniente en hacer de padre, madre, confesor, asesor, con tal de ayudarle a compensar sus carencias. Echamos muchas horas de despacho, de nuestro tiempo libre, de nuestros recreos y nuestras tardes (fuera del horario de trabajo) en esa "lucha" con los que tanto nos necesitan y con los que casi nunca tiramos la toalla. Porque sabemos que el alumno que más nos desprecia es el que más nos necesita y cuanto más se aleja de nosotros, más nos acercamos para darle nuestra cal y nuestra arena, y ponerle en el camino que le conduzca a sus metas.




Nota: padres y profesores, cuidado con los grupos de Whatsapp. Los carga el diablo
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1 comentarios :

  1. Pues sí. Llamar al pan "pan" y al vino "vino" es políticamente incorrecto.

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