Pablo e Iñigo: dos hombres y un destino



Se hacen apuestas sobre quien será el vencedor de la guerra fraticida que mantienen Pablo Iglesias e Iñigo Errejón. Una batalla cruenta que ha sacado a la superficie lo peor de ambos bandos. Ellos, que llegaron a la política para desbancar a la casta, para demostrar que las cosas en política se podían hacer de otra manera, han caído en su propia trampa. Lo que demuestra, mal que nos pese a quienes aplaudimos la llegada de estos chicos por considerar que lo hacían cargados de ilusiones, de buenas intenciones, de mejores proyectos, que el poder corrompe hasta el punto de jugarse su futuro y las ilusiones de tantos jóvenes y menos jóvenes como les votaron convencidos de que con ellos sí era posible el cambio. 

Un cambio en la forma de gestionar la cosa pública, la forma de relacionarse con los ciudadanos, de comprender y solucionar sus problemas más acuciantes después de una crisis económica que ha puesto el país patas arriba y dejado en la cuneta a miles de personas, de familias que nunca en su vida pensaron que esto pudiera ocurrirles a ellos. Una crisis que se ha llevado por delante a buena parte de la clase media española, y que tiene visos de ir a más ahora que se desconocen las intenciones de Donald Trump en temas tan decisivos e importantes como la política exterior, la emigración, el comercio o el cambio climático, lo que podría agravar más si cabe la ligera recuperación de los países del sur de Europa, entre los que nos encontramos.

Que la guerra de Pablo y de Iñigo se libre en las redes sociales y ante las cámaras de televisión, demuestra que el discurso de cada uno de ellos ha calado entre los internautas tan hondamente que sorprende el grado de crispación y ruptura que se respira en Podemos a pocas horas de que de comienzo el congreso que tendrá lugar en Vistalegre este fin de semana. Un escenario que fue testigo de su triunfo y que lo será de sus diferencias, irreconciliables por lo que parece después de oír sus mensajes, que llevan a cabo por tierra, mar y aire, con tanta crudeza. De ahí que me extrañaría mucho que la victoria de cualquiera de ellos pudiera restañar lo que su ansia de poder ha provocado.

Para quienes no entiendan lo que ocurre en Podemos les remitiría al documental de Fernando León de Aranoa titulado "Manual de instrucciones" sobre las luces y sombras que acompañaron al nacimiento de Podemos, y en el que se pueden ver lo diferentes que son Pablo e Iñigo, el concepto tan distinto que tienen de la política y de sus fines. Un documento imprescindible para todos aquellos que habiéndoles votado no entienden la situación en la que se encuentran estos dos hombres que tantas ilusiones y expectativas generaron, en un momento en que el bipartidismo hacía aguas por sus cuatro costados y que los políticos profesionales habían defraudado a la mayoría de sus incondicionales.

De lo que ocurra este fin de semana en Vista Alegre dependerá no solo el futuro de Podemos, de Iñigo o de Pablo, también el futuro inmediato de la democracia, tan castigada por la corrupción, por la falta de políticos de peso, justo cuando más necesitados estamos de gente dispuesta a hacer frente a los muchos retos que tenemos por delante y que están poniendo a prueba la solidez de nuestras instituciones: la independencia de Cataluña, el endeudamiento del sector público, las desigualdades, la bajada de las pensiones, el paro, los sueldos miserables que impiden que los que trabajan puedan mirar el futuro inmediato con esperanza. Un panorama desolador que se agrava por la grave crisis que atraviesan los partidos de izquierda, especialmente PSOE y Podemos, en el momento que más se les necesita para conseguir el equilibrio necesario entre las fuerzas de la derecha y de la izquierda.
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