Pronto olvidamos a nuestros héroes, el Editorial de El Diestro






"Estoy bien, señorita", "estoy bien, señorita" repite Lozano cada vez que me cruzo con él por el pasillo. Le miro, le sonrío, "me alegro", "estás muy guapo hoy" y ríe, al tiempo que responde "estoy bien".

En la fiesta de Navidad de la residencia, Lozano está exultante y baila sin parar, solo, en mitad de la sala. Y gira, y al girar abre los brazos, levanta la cabeza, mira hacia arriba, sonriendo, como mirando a alguien que vaya usted a saber dónde está, en qué lugar de su mundo y de su cabeza. Cuando oye música se le cambia la cara, el gesto y hasta el porte. Siempre canta, día y noche, canciones de Manolo Escobar. Tanto, que en ocasiones deben inyectarle un tranquilizante, por él, y por el resto de residentes.

Lozano es alto, moreno, aún conserva el pelo a pesar de su edad, unos 60 años. Por su porte se adivina que fue un hombre educado y elegante. Hace gala de exquisitas maneras, aún a pesar de su demencia. Cede el paso a las mujeres, jamás tutea a nadie, y saluda inclinando la cabeza. Y sonríe, siempre sonríe, incluso en los días en que su cabeza está más perdida.

Lleva 4 años en la residencia y nadie sabe nada de su pasado. Llegó con demencia y en su mundo sigue, cada vez más lejos de la realidad, hasta que se pierda del todo, como todos.

Esta tarde, en la fiesta de Navidad de la residencia, baila el pasodoble con gracia, y todos ríen. Y cuando tararea en alto "la morena de mi copla", residentes y familiares le miran, unos con afecto, otros con pena.

Y a mí, que participo con todos de esa fiesta, me gustaría decirles que Lozano es el Comisario Lozano (apellido ficticio), que durante los años de su destino en el País Vasco, tantos éxitos cosechó en su lucha contra el terrorismo. Me gustaría decirles que Lozano perdió a su familia (su mujer se marchó un día con sus hijos), perdió a su mejor amigo (víctima de ETA) y que nunca dejó de servir a España. No se retiró, le retiró una bomba que explotó a su paso y que le dejó perdido para siempre entre el humo y el sonido de la detonación.

Y Lozano baila, ensimismado, al son del pasodoble y nadie de los allí presentes intuye siquiera que ese hombre perdió la cabeza luchando para que todos esa tarde pudiéramos compartir un baile de Navidad.
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