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La mujer del espejo VI, por @Parnasillo



Las mariposas en el estómago revolotearon descontroladas para los dos con aquel primer beso. Más que un beso fue un piquito, pero es lo que les ocurre a dos niños con su recién estrenada adolescencia cuando descubren un nuevo mundo que es tan viejo como la humanidad, y sin embargo tan nuevo para ellos. Repitieron y fueron aprendiendo a descubrir sus cuerpos día a día y poco a poco, Sin consumar del todo para evitar un embarazo antes de tiempo. En eso la madre de Ana había enseñado muy bien a su hija para que no le pasase lo mismo que a ella: su madre era una adelantada a su tiempo en esas cuestiones rompiendo tabúes prohibidos. Ellos reían y corrían felices acompañando el curso del río y desnudos chapoteaban en un remanso de agua que habían descubierto detrás de un espeso cañizal. Para ellos no existía nada ni nadie más en aquellos momentos más que su pequeño universo, pero adivinaban que por algún lugar todavía debía existir tanto más por descubrir. Sabían que estaban empezando algo que no habían ni podido imaginar aunque lo intuían en el fondo de sus corazones. Estaban dando el salto a una nueva etapa y dejando atrás otra que jamás volvería. De los juegos y el tirachinas en la solitaria vega habían pasado a conocerse y no poder pasar el uno sin el otro. Ambos, buscando refugio en la soledad de la vega huyendo de la sordidez de sus existencias.

-¿Dónde está la niña?  preguntó el padre de Ana uno de esos sábados en los que los vapores del alcohol nublaban su cerebro y todo en la casa hacía presagiar una de aquellas tormentas de golpes.

Ana llegó instantes después sin saber que el padre acababa de entrar en la casa y recibió una bofetada.

¡Ven aquí golfa! ¡Qué haces tú con ese Paco hijo de puta! Me han dicho que sueles irte con él y desapareces por ahí. Que te han visto… No te escapes que vas a ver lo que es bueno… te voy a moler a palos…

El padre recibió un golpe que lo dejó sin sentido y chorreando sangre en el suelo. Paquito, que había acompañado a su amada al portal la besó apasionadamente al despedirse debajo del oscuro hueco de la escalera, y al irse escuchó los gritos y los golpes. Subió lleno de ira, sin pensarlo cogió una silla y con la rapidez del relámpago la estrelló sobre la cabeza del borracho. Cayó el padre desplomado, la silla hecha trizas esparcida por la habitación y tres figuras quietas como estatuas en un tiempo congelado. La madre y Ana acabaron por reaccionar y fueron a atender al hombre que yacía sin sentido en el suelo.

Corre Paquito, vete, si se da cuenta de que has sido tú te matará. Le diremos que tropezó… no se acordará de nada, pero acabará por darse cuenta al final. Mejor que desaparezcas una temporada.

Ana quedó desolada escuchando a su madre decir esas palabras, pero sabía que tenía razón. Paquito abrazó a Ana fuertemente con miedo a romperla. Ana era fuerte pero a la vez tan frágil para él. Paquito siempre temía que su amor acabara de alguna manera u otra por romper a Ana, y se marchó perdiéndose en la oscuridad de la calle. Ana tardaría mucho tiempo en volver a encontrarse con él. Habían pasado dos años desde aquel primer beso que se dieron en la vega.

El padre despertó al día siguiente. Antes habían conseguido reanimarlo pero lo echaron en la cama vestido y todo y allí mismo se durmió como un tronco. Ana y su madre dormirían juntas aquella noche una vez más. Esa era la única bendición para Rosa, no tenerse que acostar de nuevo con él y sobre todo no pasar por el martirio de verse obligada a acceder a sus pasiones. Esa noche dormiría tranquila aunque lo hiciesen más apretadas porque solo había una cama de matrimonio y la estaba usando él.

-¿Que me ha pasado? preguntó palpándose el  burdo vendaje de la cabeza.al despertar el día siguiente

Entre el golpe y la resaca el dolor de cabeza era insoportable. Se palpó la venda de nuevo.

-¿Qué me habéis hecho?

-¿Cómo que qué te hemos hecho? ¿Pues no lo ves? Curarte. Tropezaste y te diste contra la silla… Menudo susto... mira… ahí la tienes… la dejaste hecha añicos. No la podremos ni arreglar.

Dame el desayuno y calla- gruñó -Ahora no me acuerdo de nada, pero cuando me acuerde… si habéis sido vosotras... Y sacó su enorme navaja poniéndola amenazante  encima de la mesa.

No podía pensar con claridad. Flotaba en un su pesadilla particular, todavía. Después de desayunar cogió la puerta y se marchó sin decir palabra. Pensaba ir a la feria de ganado que cada primer domingo de mes tenía lugar en el pueblo vecino. Cogió la bicicleta que guardaba debajo del hueco de la escalera y se marchó.

Rosa preparó cocido de garbanzos a fuego lento en su cocina de carbón inundando de ese olor tan característico toda la casa y el portal de la calle. No siempre podían degustar semejante manjar y aquella vez Ana y Rosa volvieron a comer solas. Esperaron y esperaron, por si venía; más por miedo que por respeto. Y al ver que el padre no acababa de llegar comieron en paz y buena compaña dejándole un plato reservado a él.

***



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