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Mujer sin corona. Por Elvira Lindo

Reproducimos el demoledor artículo sobre la Infanta Cristina de Elvira Lindo publicado por "El País".



En una misma semana, la sentencia, su marido en casa y la corona. Qué cóctel más explosivo

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ELVIRA LINDO




FOTO: La infanta Cristina entra en su casa de Ginebra. GTRESONLINE / ATLAS

No lee EL PAÍS, ni El Mundo, ni La Razón, ya es que ni el ABC lee, porque hasta del periódico monárquico ha recibido alguna bronca. No entra en diarios digitales, y menos en esas redes a las que su cuñada es adicta. Ella cree que no es aristocrático ser adicta. No lo es. Casi no habla español, ni con su madre ni con los niños ni con el servicio. Lo habla, eso sí, con él, así que el español, que en su día fue solo el idioma del amor, se ha convertido en el de “la mierda”. De tal forma que es escuchar esa lengua y ponérsele un sapo en la boca. No ve tele española, aunque de vez en cuando las puñeteras imágenes de ella saliendo y entrando del juzgado se cuelan en un canal internacional. Los niños están informados de que están siendo víctimas de una conspiración y que un día todo se descubrirá y habrá mucha gente que tendrá que pedir perdón, ¿o es que no ha sido así la historia de la realeza?

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La realeza. Por más que haga por no enterarse alguien le viene siempre con cuentos. Estos días podían haber sido alegres, por ejemplo. Ese momento en que el juez le dijo, señora, es usted inocente. Ella no se puso a saltar por respeto a Él pero ganas no le faltaron. Se fue al dormitorio, abrió el vestidor del marido, observó las camisas alineadas por colores y pensó, ¿cuántas le echo? La señora de servicio, adivinándole el pensamiento, le dijo, “mejor chándals, es lo que toca, si al fin y al cabo solo le van a dejar entrar una mochila”. De momento el consejo le pareció inapropiado, pero acabó pensando que a la chacha no le faltaba razón. No le preguntó de qué le venía esa sabiduría, fuera a ser que el marido de la criada también hubiera estado preso, y no era cuestión de compartir penas. Por ahí no.

Qué ironía, su marido de vuelta al chándal. Eso pensaba estos días, concentrada, como ha aprendido en mindfulness, a concentrarse en lo inmediato, pero entonces entra él en el cuarto y le dice en el idioma en el que se habla de la mierda: “Que de momento no tengo que entrar, que nos devuelven la fianza y que quién sabe”. Por unos instantes, se queda parada, mirando al vacío, como así se ha acostumbrado a hacer en los últimos años cuando entra y sale de un edificio, mira al vacío para que nadie capte una intención en su mirada. Vamos a ver, vamos a ver, no es que esté decepcionada, pero si las cosas tienen que pasar que pasen. Que pasen ya. Su marido sigue hablando, es un hombre que enseguida se viene arriba, es como si no… es como si… : “Hasta el mismo juez ha declarado que no hay riesgo de fuga porque tengo escolta policial. ¡Como no me fugue con ellos a un país asiático!”, concluye con una media risa que se le corta en seco cuando ve la cara de ella. ¿Es que no te alegras?, dice.


Y ella dice que sí, porque él es lo único que tiene, y porque para saber si está alegre o triste tendría que pensar, y no está acostumbrada. Ni se le pasó por la cabeza pensar que él tenía los mismos derechos que un súbdito cuando comenzó a prosperar. No pensó, tampoco, que la herencia de cuna puede perderse como si se abriera la tierra bajo los pies, de pronto. No pensó. Y sigue sin pensar que haya algo erróneo. Ella cree en la gran conspiración. Y así crecerán sus hijos, aunque eso les alimente el resentimiento. Y tal vez, algún día, su hermano se vea forzado a creer en que todo estuvo trazado desde el principio, que se trató de un plan para acabar con la Casa y ellos fueron los primeros en caer. Como ella dice, el eslabón más débil. No pensó y no quiere pensar. Porque si piensa de más puede ocurrir que se le cruce el cable con el del chándal, que alguna vez se la jugó pero bien, pero, ay, forma parte de la historia de las mujeres pasar por alto ciertas desviaciones.


No pensar, hablar lo menos posible en dicho idioma y no enterarse. Lo primero y lo segundo lo domina; lo tercero, imposible. Imposible porque el Hola está hasta en Suiza. Las últimas noticias que hablan de la posible habitabilidad de otros planetas la han llenado e esperanza. Ve de pasada la portada de la revista y la imagen se le queda como clavada a los ojos con alfileres: Ella con la corona. Ella, que no se había puesto nunca esa corona, la luce precisamente ahora. Esa corona puesta en una cabeza que no es de su sangre. Por un momento le da la risa porque… ¿esto tendrá que ver con la conspiración? No le gusta pensar, pero si pensara un poco, se diría: en una misma semana, la sentencia, su marido en casa y la corona. Qué cóctel más explosivo.

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