Ikea y los deberes. Por MarMar



Cada vez que oigo hablar de la “huelga de deberes” pienso en Ikea. “Nuestros hijos dedican demasiado tiempo a hacer los deberes: esto significa menos horas de juego, menos cenas familiares”. Así empieza el anuncio que la multinacional de la decoración lanzó hace un par de meses, en el que se nos propone sustituir los tediosos repasos de pupitre y libro por desenfadados coloquios entre padres e hijos, siempre en cocinas de Ikea completamente equipadas, en las que los progenitores aprovechan cada ingrediente que pasa por la mesa para revisar con sus hijos contenidos de Matemáticas, Lengua o Física. Y lo hacen con tanta desenvoltura y buen hacer didáctico que una, como docente, se siente tentada de confiarles no ya los casi cien alumnos con los que ha de lidiar a diario, sino, si me apuran, el Destino (así, con mayúsculas) de la Educación en España. 

El anuncio parece haber calado, pero no olvidemos que se trata de aprovechar un debate social para intentar hacer caja. Sin poner en duda su valor desde el punto de vista publicitario, evidentemente trivializa una cuestión que a todos los que estamos implicados nos preocupa. Y muestra, además, una tendencia que lamento como española y como profesora: la superficialidad de juicio. Me refiero al hecho de que tendemos a cuestionar la manera en que otros desempeñan su oficio con demasiada ligereza. Y así hacemos con todo tipo de trabajadores, sean profesores, entrenadores de fútbol, médicos o albañiles. No es que no podamos tener nuestra propia opinión sobre las cosas, obviamente, sino que, aun siendo la libertad de juicio incontestable, tal vez sí deberíamos revisar el alcance que tienen nuestras críticas y las formas en que las reaccionamos a lo que no nos gusta. Así, si voy a un médico y estimo que se ha cometido conmigo una mala praxis, puedo reaccionar de varias formas: me puedo quejar a mis amigos y familia, y de ese modo la crítica queda en el ámbito de lo meramente privado; o puedo tomar la decisión de cambiar de médico o incluso de hacer valer mis derechos legalmente. Estas dos últimas opciones son igualmente legítimas, pero su alcance y repercusiones son más amplias, y en consecuencia implican a más personas. Y, sobre todo, sea cual sea la vía elegida, no tiene ningún sentido que yo deje de ocuparme de la enfermedad que me llevó a consulta, ni que me olvide de ella. 

Del mismo modo, si los profesores -o el sistema educativo en general- se equivocan, hay una serie de acciones que es posible llevar a cabo: pedir una tutoría, quejarse al equipo directivo, hacer una reclamación a la autoridad educativa provincial, intentar cambiar al alumno de centro… Emprender una huelga como la de deberes que tanto me recuerda al anuncio de Ikea es otra opción, desde luego. Cada una de estas medidas tiene un alcance diferente, y la huelga de deberes, es, desde mi punto de vista, la que mayores consecuencias tiene, porque altera la vida académica del propio alumno. Y se olvida de aquello que tanto nos preocupa: la educación. 

Establecer que los alumnos no van a hacer los deberes que el docente ha establecido deja de lado el objetivo rebelándose contra lo que no es más que el método. Mostrar a un menor que lo que el profesor estima como adecuado es cuestionable o prescindible no es educar a nuestros hijos; hacerles ver que lo que “es ley” en el centro -donde pasan, no lo olvidemos, unas seis horas diarias- no vale en su casa no es educar a nuestros hijos; obligarles a entrar en un conflicto que debe resolverse entre adultos no es educar a nuestros hijos. Si los padres desacreditan a los profesores en el tema de los deberes, poco podrán hacer estos al día siguiente -y al otro, y al otro- cada vez que el alumno se rebele o su voluntad flaquee en cualquier otro aspecto. Es, por continuar con el símil médico, como seguir solo la mitad del tratamiento, pero continuar yendo al mismo médico. Y es como negar que exista la enfermedad porque el método de tratarla no nos gusta. Pensemos por un momento que la situación se invirtiera y fuéramos los profesores quienes contradijéramos alguna de las medidas educativas que los padres han establecido con sus hijos en casa. Que les dijéramos que no siguieran las normas más elementales que sus progenitores estiman importantes, porque para nosotros no lo son tanto, o porque consideramos que las cosas deberían hacerse de otra manera. ¿Sería de locos, no es verdad? 

Quisiera insistir, por si no he sido suficientemente clara, que aquí la enfermedad no es la educación, sino todo lo contrario, su ausencia, o, para ser más precisos, su trivialización, el pensar que es asunto más liviano de lo que realmente es. La educación es un bien social, un derecho y un privilegio al que ha costado mucho llegar. Me pregunto con frecuencia si no nos estamos olvidando del lujo que es poder dedicar unos años de la vida, por completo, a formarse. Aunque haya momentos de trabajo excesivo, aunque haya que sacrificar tardes y fines de semana. Pienso en las tardes que mis padres pasaron ayudándome, en los planes que hubo que posponer porque alguno de los hermanos estaba estudiando y había que apoyarle, y no, por más que traten de convencerme, me niego a pensar que estos ratos no fueran tiempo de calidad. Quizá no fueron momentos de risas o de relajación en cocinas de Ikea, pero no puedo imaginarme una calidad mayor en ese tiempo que mis padres me dedicaron. Mis hermanos y yo fuimos mucho más privilegiados que mis padres, e infinitamente más privilegiados que mis abuelos, en proporción a la cantidad de años que el sistema nos permitió dedicarnos plenamente a formarnos. Aunque hubiera que hacer sacrificios. 

El anuncio de Ikea ha cambiado, por cierto. Ahora lo abre una frase parecida a: “Ante la polémica suscitada por los deberes entre algunas asociaciones de padres, Ikea propone…”. Hablo de memoria, porque he tratado de encontrar en la red esta nueva versión, y me ha sido imposible. Lo que es seguro es que la empresa, al cambiar el anuncio, no ha cambiado de objetivo: vender tantas cocinas como pueda. Yo diría que ellos tienen claro lo que se proponen. ¿Y nosotros, como sociedad responsable de nuestros menores? ¿Sabemos lo que nos proponemos? Hasta que eso no esté claro, tal vez haya que dejar de echarle la culpa al método.
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About javier sobrevive

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