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EROS Y THANATOS EN 2017 por @LagartijaSoy




Tras perder esta mañana la mitad de la clase de última hora en detener un pelea y aplacar los ánimos, una alumna hizo un comentario revelador: "profe, no nos quites la diversión, nos encanta pelearnos".

Era, como tantas otras veces, una pelea cuerpo a cuerpo, en la que varios alumnos se vieron involucrados, tanto chicos como chicas. Llevaban toda la mañana insultándose y cruzando amenazas por los pasillos, hasta que el conflicto culminó con empujones, puñetazos y golpes variados, de diversa intensidad. Pero a pesar de lo violento que una situación así puede parecer a cualquier observador, existían detalles que indicaban que se trataba de algo más que una pelea entre grupos. Quienes se peleaban y quienes asistían a la escena, parecían divertidos, al tiempo que enervados.

Tras separar a los contendientes y obligarles a guardar silencio y a tranquilizarse "por las buenas o por las malas", perdiendo para ello la mitad de la voz (que me llevará recuperar una semana), abordé la causa de la contienda hasta que la alumna que más golpes daba a uno de sus compañeros, confesó la principal motivación del conflicto: la diversión.

Año tras año, quienes trabajamos con jóvenes observamos que, por más pedagogía que hagamos por la paz y contra la violencia, nosotros vamos por un lado y ellos por otro. Por más que hablemos de los peligros del alcohol, del consumo de sustancias, de las enfermedades de transmisión sexual, de los riesgos de conducir drogado o de los riesgos de embarazo no deseado, año tras año aumenta el número de jóvenes que consumen alcohol y cada vez a edades más tempranas, aumentan los contagios de ETS, los embarazos, los comas etílicos, los accidentes de tráfico en jóvenes.

El riesgo se ha convertido en una poderosa fuente de atracción y motivación, que guía la conducta de nuestros jóvenes. "No hay diversión sin riesgo", es la máxima que subyace en el inconsciente colectivo de los menores de 25 años. "Una vez que pruebas el riesgo, ya no puedes vivir sin él", me dijo hace unos días un alumno de 15 años, y no se trata de un alumno marginal o macarrilla, sino de un muchacho sensato y buen estudiante.

Conducir no es divertido si no se superan los límites de velocidad; beber no merece la pena sin la consiguiente borrachera; fumar, si no es marihuana, es de críos; "follar con condón" es de nenazas.
"Antes de que te den, da" "Si me miras mal, te vas a enterar" "Me están provocando..."

Cuando imparto Psicología a mis alumnos de Bachillerato, relaciono las principales motivaciones humanas (y animales) definidas por Freud, -Eros y Thanatos- (sexualidad y agresividad/vida y muerte) con la moral imperante en la época victoriana, pero me veo obligada a variar esa justificación. Vivimos una época de gran apertura, tolerancia, libertad y relajación en las costumbres y en la moral y a pesar de la mayor cultura, información y formación, se está produciendo una involución en la conducta y el pensamiento del sector principal de la sociedad, el de los jóvenes.

Los padres de mis alumnos -nosotros mismos-, nos movíamos por el impulso básico del progreso, de la prosperidad, de mejorar nuestras condiciones de vida y las de nuestros semejantes. Nuestras metas vitales eran "construir un mundo mejor" y "hacernos a nosotros mismos".

Las conductas y costumbres de nuestros jóvenes se están banalizando de tal modo, que a veces pienso que quizás Freud (a quien nunca tomé en serio), tenía razón o la tendría si viviera en la España de 2017.

La vida al límite, el hedonismo y el descontrol impregnan la conducta de una parte nada desdeñable de nuestros jóvenes y me hacen estremecer al imaginar el futuro que nos van a construir entre todos ellos, o más bien, cómo van a descalabrar un sistema -mejor o peor-, que tanto nos ha costado conseguir.

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