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El hombre que evitó cientos de suicidios en el Golden Gate




Eric Risberg

Cada año se suicidan unas 60 personas en el famoso puente.
Kevin Briggs lo evitó durante más de 20 años.

En el Golden Gate, la imagen más recurrente de San Francisco, se suicidan al año, según las estadísticas oficiales, unas 60 personas. Desde su construcción en 1937 ya lo han hecho más de 4.500.

Kevin Briggs conoce de memoria esos números. Su trabajo en la California Highway Patrol -patrulla de carreteras de California- durante más de dos décadas lo llevó a patrullar por los aledaños del puente y a evitar que varios centenares de personas decidieran saltar a la bahía. Ahora tiene 54 años y, aunque no es el prototipo de un superhéroe, muchos quieren darle ese atributo. «Ésas son las cifras de los casos en los que se encuentran los cuerpos. Luego están los que se hunden bajo el peso de un barco o los que se pierden de noche. Perdemos a muchas personas al año».

Briggs maneja los datos con cuidado mientras mueve con suavidad las manos frente a la pantalla del ordenador. Es un hombre normal, de pelo cano y apariencia tranquila. Los 23 años que estuvo en la California Highway Patrol le han dado para escribir un libro con su experiencia, recibir innumerables premios por su labor, viajar por Canadá, México o Alemania dando conferencias y crear Pivotal Points, una organización que trata de sensibilizar sobre las enfermedades mentales y sus posibles consecuencias. Él tiene depresión. La desarrolló muy joven, con 26 años.


Con la mayoría de edad Briggs ingresó en el ejército de EEUU, en la unidad de infantería de las fuerzas aerotransportadas. Pero su carrera fue bastante corta. «En 1983 me detectaron un cáncer testicular, tan solo tenía 20 años. Me sometieron a tres operaciones. En aquel momento estaba en Alemania y me trasladaron a los EE.UU. Después de varios meses de quimioterapia me di cuenta de que mi estancia en el ejército se había terminado. Cumplí los 21 en el hospital, tardé tiempo en recuperarme». Pero lo hizo y empezó a trabajar en el departamento de administración de la prisión de San Quintín de California, la única que tiene un corredor de la muerte para hombres y una cámara de ejecución del Estado.


En su aún corta existencia Briggs había mirado a la muerte a los ojos. Lo hizo cuando, siendo todavía un niño, su abuelo se quitó la vida. Luego llegaron su enfermedad, aquella experiencia en la cárcel y, sólo dos años más tarde, al cerrar los ojos de su madre, que tenía cáncer de pulmón. Más tarde fue un accidente de moto, que lo dejó más muerto que vivo. Hubo más hospital, más operaciones... «Poco después me diagnosticaron una depresión. No quería hacer nada, ni jugar con mi perro, ni hacer la compra... Era como si mi cuerpo se moviera solo». Hoy sigue tomando dos fármacos para hacerle frente.
Desde su experiencia, ¿los medicamentos antidepresivos ayudan verdaderamente a superar la enfermedad?

Creo que sí, pero sólo a algunas personas. Hay algunos a los que les basta con acudir a terapia, conversar con un especialista, hablar de lo que les pasa y encontrar apoyo. Hay otros casos en los que, como en mi caso, la causa está en el cerebro. Ahí hacen falta los fármacos.


"He ayudado a miles, evitando entre seis y cuatro suicidios al mes" 



Fue su depresión la que, en cierto modo, le ayudó a salvar vidas. A los 27 Briggs entró a formar parte de la California Highway Patrol y se chocó con una realidad que sobrepasaba las estadísticas. «Recuerdo que una de las primeras personas con las que me enfrenté a esta situación fue una mujer. Tenía problemas con las drogas. Sentía miedo por ella e hice lo contrario a lo que debe hacerse en estos casos: fui muy rápido, empecé a decirle que todo iba a ir bien, que la gente la quería... Yo no sabía nada, pero conseguimos que volviera». Luego aprendió a ser cercano.


Kevin se quitaba el uniforme para que no lo reconocieran como a una autoridad, se acercaba y les hablaba con suavidad. «La mayoría de las veces, estas personas estaban en tratamiento al padecer algún tipo de enfermedad mental. Generalmente hacía tiempo que no tomaban la medicación, por lo que eran más vulnerables y habían ido a peor». ¿Cuántas vidas diría que ha salvado?

No me gusta nada decir que soy yo el que les salva, porque en realidad son ellos los que hacen el esfuerzo y los que se salvan así mismos. Yo no los obligo, ellos vuelven por sí solos, y es algo que requiere mucho valor. No he salvado a nadie. En ese caso reformulo la pregunta, ¿a cuántas personas ha ayudado a ver que merecen otra oportunidad?

Así está mejor (y se ríe). Diría que a miles. Aunque la media en estos momentos ha cambiado. Antes había sólo un oficial patrullando esa zona. Durante años he estado solo, y la media era de unas cuatro o seis personas al mes. Contando todos estos años, son miles. ¿Hubo alguien que se diera la vuelta y saltara?

Sí, he perdido a dos. Es muy duro, porque sientes muchas cosas a la vez. Cuando saltan, es porque realmente piensan que la vida no merece una oportunidad.


La Highway Patrol está integrada por unos 7.000 efectivos. En el departamento en el que trabajaba Briggs ahora hay 75 oficiales que se ocupan de una de las mayores zonas del condado, pero no cuentan con psicólogos ni otro tipo de personal especializado. «Hay algunos terapeutas que colaboran con nosotros en estos casos, pero la verdad es que tenerlos en plantilla sería muy beneficioso».


La vida de cerca de 2.000 personas recae sobre unos hombros que siguen sin parecer de superhéroe, sino de un hombre corriente que sonríe cuando le preguntamos por una camiseta de fútbol en la pared. Es de uno de sus nietos, el mejor de su equipo. Y, a él, como a cualquier abuelo, le encanta verle jugar.


Fuente: EM



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