Hoy felicitamos a las Martina, Sabina Jacinta y a los Matías, Feliciano y

Columba Marmión, abad benedictino (1858-1923)
Santos: Martina, virgen; Matías, Armentario, Barsén, Barsés, obispos; Hipólito, presbítero; Feliciano, Filapiano, Alejandro, mártires; David Galván Bermudes, sacerdote y mártir; Sabina, Habrilia, vírgenes; Lesmes, Columba Marmión, abades; Aldegunda, Jacinta de Mariscotti, Tiadilde, abadesas; Gerardo, Adelelmo, confesores


Virgen y Mártir

Martirologio Romano: En Roma, conmemoración de santa Martina, a quien el papa Dono dedicó una basílica a su nombre en el foro romano (677).
Etimología: Martina = femenino de Martín = martillo, es de origen latino.
Breve Biografía

La historia de esta joven santa comienza por su tumba, 1400 años después de su martirio; es decir, cuando en 1634 el activísimo Urbano VIII, empeñado en lo espiritual en la contrareforma católica, y en lo material en la restauración de famosas iglesias romanas, descubrió las reliquias de la mártir, les propuso a los romanos la devoción a Santa Martina y fijó la celebración para el 30 de enero. El mismo compuso el elogio con el himno: “Martinae celebri plaudite nomini, Cives Romulei, plandite gloriae”, que era una invitación a honrar a la santa en la vida inmaculada, en la caridad ejemplar y en el valiente testimonio que demostró a Cristo con su martirio.

Son pocas las noticias históricas. La más antigua es del siglo VI, cuando el Papa Onorio le dedicó una iglesia en Roma. Quinientos años después, al hacer excavaciones en esta iglesia, se encontraron efectivamente las tumbas de tres mártires. En el siglo VIII ya se celebraba la fiesta de la santa. No se sabe nada más, y por eso es necesario buscar noticias en una Passio legendaria. Según esta narración, Santa Martina era una diaconisa, hija de un noble romano. Debido a su abierta profesión de fe, la arrestaron y la llevaron al tribunal del emperador Alejandro Severo (222-235). Este príncipe semioriental, abierto a todas las curiosidades, hasta el punto de incluir a Cristo entre los dioses venerados en la familia imperial, fue muy tolerante con los cristianos y su gobierno marcó un fructuoso paréntesis de calma respecto de la Iglesia, que en ese tiempo logró una gran expansión misionera.

El autor de la Passio ignora todo esto, y hace más bien una lista de las atroces tortures con que el emperador martirizó a la santa. Cuenta que cuando Martina fue llevada ante la estatua de Apolo, la convirtió en pedazos y ocasionó un terremoto que destruyó el temple y mató a los sacerdotes del dios.

El prodigio se repitió con la estatua y el templo de Artemidas. Todo esto hubiera debido hacer pensar a sus perseguidores; pero no, se obstinaron más y sometieron a la jovencita a crueles tormentos, de los que salió siempre ilesa. Entonces resolvieron cortarle la cabeza con una espada, y su sangre corrió a fertilizar el terreno de la Iglesia romana.

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El abad benedictino de Maredsous fue beatificado en la misma mañana soleada del domingo 3 de septiembre del 2000 en que se beatificó a los Papas que convocaron los concilios ecuménicos Vaticano I y II. En la misma ceremonia se subió también a los altares al arzobispo de Génova –Tomasso Reggio– de principios de siglo, y al sacerdote francés Chaminade.

Joseph Marmion nació en Irlanda, concretamente en Dublín, el 1 de abril de 1858. Sus padres, el irlandés Guillermo Marmión, y Erminia Cordier, que era francesa, formaron una familia piadosísima y con profundas raíces cristianas: tres de las hermanas de Joseph serán religiosas en las Hermanas de la Misericordia. Vivió la mayor parte de su vida en el monasterio belga de Maredsous.
Estudió con los jesuitas del Belvedere College; su inteligencia llama la atención del cardenal Cullen que le aconseja entrar en el seminario de Holy Cross Clonliffe.

En 1879, el arzobispo de Dublín, Mc Cabe, le envía a Roma para completar sus estudios teológicos en el Ateneo de Propaganda Fide donde estudia con el futuro cardenal Francesco Satoli, tomista de gran renombre, y con el célebre biblista Ubaldo Ubaldi.

Columba visita la abadía de Montecasino y siente por primera vez el tirón por la vida monástica. Es ordenado sacerdote en Roma, en la iglesia de Santa Águeda, el 18 de junio de 1881, y vuelto a su patria, nombrado vicario de Dundrun, profesor del seminario y capellán de un convento de Hermanas Redentoristas.

En 1886, clarifica su vocación al claustro. Abandona las posibilidades de hacer carrera eclesiástica que se veía prometedora, y entra por fin en la abadía benedictina de Maredsous, en Bélgica (no había en aquella época monasterios benedictinos en Irlanda), cuando era su primer abad Dom Placido Wolter y el lugar estaba aún en construcción. Fue entonces el momento para tomar el nombre de Columba, al profesar como monje benedictino el día 10 de febrero de 1891, como respetuoso homenaje al monje irlandés que en el siglo vi predicó el Evangelio en buena parte de Europa.
Su fama como predicador y director espiritual empieza a crecer dentro y fuera del monasterio, hasta el punto de que los contemporáneos de Columba son unánimes en afirmar la posesión de un carisma muy especial para comunicar el mensaje religioso. Y así debió de ser, en realidad, porque sus superiores le encargaron la fundación de la abadía de Mont-César, en Lovaina, donde será el responsable de la vida espiritual de todos los monjes jóvenes que se dedican a los estudios de filosofía y teología. Columba adquiere fama de santidad; es confesor del obispo Mons. Joseph Mercier –futuro cardenal–, y se multiplican las peticiones para que predique ejercicios espirituales en Bélgica, Inglaterra, Francia e Irlanda. Desde el 3 de octubre de 1909 es elegido abad de Maredsous; el tercero, y después de Dom Hildebrand de Hemptine, quien debió fijar su residencia en Roma por ser el primer abad Primado, ya desde León XIII, de la confederación benedictina. El cuidado de su comunidad no impidió a Columba llevar adelante un intenso apostolado mediante la predicación de retiros y la numerosa y regular dirección espiritual de muchos. En los últimos años de su vida escribe Columba la conocida trilogía –traducida en la actualidad a 16 idiomas– Cristo, vida del alma, Cristo en sus misterios y Cristo, ideal del monje, que le sitúa entre los grandes maestros de espiritualidad del siglo XX. Muere con fama de santidad el 30 de enero de 1923, víctima de la terrible epidemia de gripe. El obispo de Roma dijo de él en la ceremonia de beatificación que, con su vida y obras, enseñó un camino de santidad, sencillo pero exigente. De él se ha alimentado toda una generación de monjes, religiosas, sacerdotes y fieles católicos. Su secreto, según el papa, era el siguiente: Jesucristo, nuestro Redentor y manantial de toda gracia, es el centro de nuestra vida espiritual, nuestro modelo de santidad.

¡Que el amor a Dios y a los hermanos de este gran abad sirvan de punto de referencia para ayudar nuestro paso en esta aurora del tercer milenio! Archidiócesis de Madrid y Caholic Net
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