Bescansa, “liquidada” en Podemos y el cruel apodo de Pablo Iglesias a Errejón

Aquí nadie se corta y los más angélicos declaran su estupefacción y gritan “nos avergonzamos de vosotros”, sin darse cuenta que a los afectados la indignación de sus siervos les da igual.


Un veterano militante de Podemos (veterano porque su edad rebasa con mucho la de los púberes dirigentes actuales) lo explica “a la antigua”: “El problema entre Iñigo y Pablo ya no es más que éste: no se aguantan, no se soportan”. Y añade: “Ahora bien, me pregunto: ¨¿La sangre llegará hasta el  río de la ruptura?¨” Insiste: “Si en Podemos se manejaran los códigos de responsabilidad que siempre ha habido digamos en la “vieja casta”, diría que no, que no habrá ruptura, pero “éstos” son otra cosa y en consecuencia nada es previsible”.
Lo que viene a manifestar el veterano militante se podría resumir de esta guisa: son muchas más y más gordas las diferencias personales que las políticas. Sucede como en los matrimonios al borde de la quiebra: las discusiones ya no incluyen elementos racionales, son los sentimientos los que abocan al divorcio. A muy pocos días del festival cómico, político, taurino y musical de la remozada Vistalegre, no hay nadie con dos dedos de frente que prevenga qué es lo que va a pasar en el festejo. Ni siquiera la demóscopa Bescansa se atreve con el pronóstico y eso es grave porque el único respeto que la rica heredera santiaguesa acumula en Podemos es su acierto en las profecías electorales en las que ha acertado bastante más, por ejemplo que los clásicos del lugar como Mestroscopia o Sigma 2. Esa es su credencial y no otra.
Si en los círculos de poder que rodean a Iglesias o a Errejón se interroga por el papel de Bescansa la respuesta es idéntica: “En todo este follón Bescansa no pinta nada”. Se remiten por ejemplo, a una reciente reunión convocada por el todavía secretario general, el soviético Iglesias, en la que Bescansa se atrevió a llevar en la cartera una papelito sobre estrategia y organización. Curiosamente los dos sectores enfrentados presentes en el evento se pronunciaron de igual forma. “Bien, qué texto más articulado, lo seguiremos analizando”. Y a otra cosa mariposa; o sea, ni caso. El censo de partidarios de Bescansa se reduce a un pequeño número de diputados (y de diputadas, por Dios con el género) y de algún que otro miembro de la sublime dirección que ahora está en el ajo. Nada más; Bescansa, descansa.
Los anticapitalistas del tedioso, oscuro y diletante Urbán, se alinean en este punto con Iglesias: a los socialistas ni agua, o si se les da agua que sea hirviendo
El problema de ahora mismo, en opinión del veterano militante al que todos miran como si fuera el oráculo finisecular de Delfos, es que bajo el asfixiante liderazgo de Pablo Iglesias y el protagonismo machacante de Errejón, los militantes no cesan de dar la lata en el los sótanos del partidos y están que no paran redactando documentos sobre políticas concretas, sobre la futura organización del partido y, desde luego, sobre el gran asunto que será la clave de la próxima convención soviética: las relaciones con el PSOE. ¿Hay que entenderse con ellos o hay que dejarlos a la derecha, hechos unos socialdemócratas de mierda?
Pues el debate está al cincuenta por ciento; unos con el padre, los puristas de la ultraizquierda, Iglesias, y otros con la madre, los accidentalistas de Errejón. Curiosamente, los anticapitalistas del tedioso, oscuro y diletante Urbán, se alinean en este punto con Iglesias: a los socialistas ni agua, o si se les da agua que sea hirviendo, pero sin embargo existe otro punto fundamental en que los citados barreneros de todo lo que suele a capitalismo se enganchan a Errejón. Es decir, una vela a Dios y otra a Satán.
Lo peor para ellos es que sus rifirrafes callejeros, sus grescas de camorra, están enfriando la admiración de sus propios correligionarios que empiezan a desarrollar su actividad por cuenta propia
El punto referido afecta a la organización: Errejón, conocido en el sector de Iglesias como el “muñeco diabólico” es partidario de un partido descentralizado, con un secretario general de poderes limitados, vigilado hasta en sus más mínimos movimientos, fiscalizado por el “Gran Consejo” de notables y, desde luego, proclive a celebrar todas las consultas imaginables como si Podemos (es un decir, claro está) fuera un trasunto de la Suiza de los eternos remedos. Contra este criterio lucha a brazo partido Iglesias y su cuadrilla de fusileros que pretenden residenciar todos los poderes en su jefe, en el secretario general, en una suerte de regreso al centralismo democrático de los peores soviets de Stalin y demás asesinos del régimen que liquidó, sin pestañear, más de diez millones de personas.
En este momento, los dos generales se matan por el poder y sus súbditos por parir documentos sobre cualquier cosa por ínfima que ésta sea: el color o la redacción de las papeletas de votación de la asamblea o la formación de la Comisión de Garantías, ese pequeño senado que todos los partidos tienen y que es el encargado de depurar responsabilidades, corrupciones y hasta urdir purgas. Nada de novedad en el caso, vamos. A medida que transcurren los días la apariencia es que el pastel soviético de Podemos se hace menos digerible y que, lo dicho: Iglesias y Errejón no pueden ir juntos ni a recoger una herencia, que no sabemos si realmente la están esperando, aunque probablemente sí.
Lo peor para ellos es que sus rifirrafes callejeros, sus grescas de camorra, están enfriando la admiración des sus propios correligionarios que, como también suele señalar el mencionado “veterano militante”, empiezan a desarrollar su actividad por cuenta propia, sin esperar a lo que les manda el respectivo jefe y con la tentación permanente de ser autónomos a la hora de presentar sus propuestas. Este es el caos actual que puede desembocar en un Vistalegre en el que los tendidos dominen a los toreros que se baten a cuchilladas en el ruedo.
Aquí ya nadie se corta y los más angélicos (que los hay, pobres angelitos) declaran su estupefacción y gritan un “nos avergonzamos de vosotros”, sin darse cuenta que a los afectados, la indignación de sus siervos les trae exactamente por un a higa: que se están jugando el poder y su porvenir político y que en esas condiciones no van a ponerse colorados por un insulto de más o de menos. Iglesias se jacta de que “no voy a decir nada en contra de un compañero” y un cuarto de hora después, o aún menos, le atiza un zurriagazo al “compañero” con la intención declarada de ponerle en la lona. Ya no se respeta código alguno: la lucha es de poder y en ese trance ya ni se mira si las patadas llegan a los testículos.
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