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En España no hay democracia, es otra cosa, por @Parnasillo

En España no hay democracia, es otra cosa. Pues para justificar semejante título tenemos que hacer un pequeño viaje en la historia y el tiempo.

Fue en el año 52 a. J. C., cuando el mejor orador de Roma se puso a escribir un tratado titulado De Ligibus. Este gran orador también era considerado como uno de los más prestigiosos abogados. El orador y abogado en cuestión se llamaba Marco Tulio Cicerón, y legó a nuestra civilización occidental una de las más importantes obras sobre un tema tan sumamente complejo como es el de las leyes. Es bueno mencionar a la progresía de salón, subvenciones y caviar, por aquello de su natural desconfianza hacia todo lo que huela a cultura cristiano-judea, que no deben tener ninguna aprensión hacia Cicerón, porque conocía al dedillo el derecho romano y estaba limpio de polvo y paja respecto a tener ninguna inclinación juedo-cristana.

Decía Cicerón que “la raíz del derecho” no se encontraba en la voluntad de los políticos, sino en la “naturaleza de la ley”

Llevamos casi 30 años en un sistema que no es democrático. Ya se pueden poner como quieran. Lo que tenemos es una partitocracia. Llamar democracia a nuestro sistema político es como llamarle parchís al juego de la oca. Ambos son juegos. Uno puede ser más divertido que otro, pero son juegos distintos aunque tengas semejanzas. Sus reglamentos también son distintos.

Pues el reglamento de la partitocracia es distinto del de la democracia. Para hablar de democracia la primera condición “sine qua non” es que exista representación, y precisamente, tal como apunta D. A.G.Trevijano, la partitocracia prohíbe explícitamente la representación. Es decir, sin representación no hay democracia, y a su vez toda partitocracia carece de ella. En esta situación están todos los países del arco Mediterráneo además de Alemania, Finlandia, Dinamarca y Noruega. Por lo tanto, los males que sufren los países de Europa en mayor o menor medida no dependen de los políticos, sino que esos males dependen del sistema partitocrático. De ahí la gran importancia de tener unos conocimientos de lo que de verdad es la democracia.

El término representar tiene alma griega, pues fueron los griegos quienes en sus obras de teatro utilizaban máscaras para “representar” a distintos personajes con pocos actores. Después los romanos utilizaron el término “re-praesentrare” para “hacer presente algo que existe ya sea en la realidad o el pensamiento”.

Es evidente que si somos unos cuarenta y siete millones de habitantes no cabemos todo en la cámara baja para proponer leyes y tampoco nos entenderíamos. La vieja representación directa tampoco serviría porque no podemos montar asambleas ni círculos como pretende Podemos. Ya estamos viendo las enormes luchas de poder que existen. Estas luchas eran inevitables ya que según un principio tan implacable como la Ley de Hierro de Robert Michells de los partidos políticos de masas establece que una sola persona es la que puede dirigir ese partido. En estos momentos las pasiones por el poder se están manifestando en Podemos porque lo de las asambleas no funciona. Y aunque consiguieran una democracia mediante asambleas, cosa que resulta imposible, para las decisiones importantes esa pretendida democracia interna no se trasladaría al resto de la población. Los demás no pertenecemos a ningún círculo ni los hemos escogido como representantes. La ignorancia o mala fe de los líderes de Podemos los ha llevado a esta encrucijada, hasta que sea uno solo de ellos el corte el bacalao pro todos. Al igual que en el resto de partidos.

Con Marsilio de Padua apareció el principio moderno del concepto de la representación, que más tarde se traduciría a los poderes referidos a los grandes y complejos Estados modernos. Marcilio  estableció las bases de la relación entre representados y representantes para asuntos y decisiones sobre diferentes aspectos religiosos.

En la representación necesitamos tener en cuenta dos escenarios: el primero es la representatividad, o la forma en que el representante recoge y es espejo de las inquietudes de sus representados. Pero la representación añade un elemento más y es el de la acción del político, que se fija en la responsabilidad del representante, en sus acciones y decisiones, hacia su representado.

Ahora nos falta fijar el escenario geográfico donde se acuerdan las relaciones entre los políticos (representantes) y los ciudadanos (representados). Ese escenario es el distrito electoral, que es precisamente de donde han de salir todos: representantes y representados. Es decir, los políticos deben salir de su propio distrito electoral y ser escogido por los ciudadanos que habitan en ese distrito. Si el distrito electoral es un distrito electoral, digamos de unos cien mil habitantes, es muy posible que los vecinos conozcan a los elegibles.

Por lo tanto, podemos resumir que existirá representación en el diputado de distrito, con mandato imperativo por parte del pueblo, y cargo revocable en caso de deslealtad.

He aquí la primera condición que necesitamos para que exista una democracia. Es evidente que no tenemos nada de esto, por eso he dicho al principio que nuestro sistema no es democrático.

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